miércoles, 10 de septiembre de 2008


PORQUE NO PIENSO DETENERME
El viaje comienza en esos años en que me pegaban si salía a jugar con los amigos, por eso para jugar me escapaba de la escuela, y por eso me pegaban. Pero también me pegaban para que me fuera a dormir temprano, o porque no dormía la siesta, o porque me quedaba dormido en la mesa cuando había ciertas visitas. Entonces empecé a escaparme durante las siestas. Simplemente saltaba la pared y me iba.
En aquélla época fue que me llevaron a conocer la casa de una tía, hermana del primo de la mujer de mi padre. Esa, de la que había que hablar mal de vez en cuando, pero en voz tan baja que los chicos (nosotros) solamente entendiéramos frases confusas. Sin embargo escuchábamos a escondidas estos y otros chismes y así creíamos y luego repetíamos que alguna catástrofe iba a suceder en alguna parte, o que descubrimos una confabulación para matar a alguien, o que pasaba algo tan interesante que hubiese valido realmente la pena participar.
Y un día visitamos la tal casa, esa que llenaba a los mayores de gestos extraños pero “había que ir” y fuimos.
Total que me encantó. Era pequeña, llena de plantas, con una galería hecha de cañas como las de los piratas del Caribe, una parte cubierta de calabazas y por otro lado rincones secretos como en la cabaña de Sandokán, y lo más deslumbrante; el novio (que no se había casado) que vivía con la no sé qué de no sé quién, era pintor, era artista.
Qué desastre, tan bien criada, pobre, cómo la empaquetó, pobre chica, tantos años al lado de la madre para nada... en fin.
Y por última vez repetían: pobre...
No sé bien porqué asocio este recuerdo con el trabajo que me tomé pocos años después, para juntar moneditas lavando coches, cosa que por esa época no se estilaba mucho. También asocio los cuchicheos a espaldas del artista casi pariente con imágenes llenas de sexos masculinos en hermoso color azul, imágenes que alguna vez escucharía llamar monocromos. Recuerdo que las señoras señalaban partes redondeadas, ramas voluptuosas entretejidas en la tela y las calabazas.
Y la pobre chica que se había ido a vivir tan lejos con un artista...
Cuando tuve edad suficiente para quedarme hasta muy entrada la noche fuera de mi casa, comencé también a repartir diarios.
Una noche ya no volví a dormir. Como podía (porque había empezado a gastar en cigarrillos y café) seguía ahorrando algún dinero a escondidas, total, también fumaba y tomaba café a escondidas...
Hacía ya tiempo que no me dejaban juntar con algunos primos. Yo había pasado a ocupar el lugar de aquél pariente ocultado en mi memoria entre tetas y caderas, penes azules y cañas amarillas. Sin embargo, en una quinta de José “Ce” Paz, con mi prima que estrenaba las incomodidades de la pubertad y que no me atrevía a mirar de frente por lo mismo, nos fuimos a recoger frutillas silvestres y hablamos de sexo y todo.
Bueno, no hay que asombrarse de que nos asombráramos de estar hablando de eso, si pensamos que recogíamos frutillas en José “Ce” Paz.
En cuanto pude, me subí a un tren. Elegí ese tren porque iba para donde estaba la casa de un amigo en primer lugar, pero además era el tren más misterioso de todos.
A los otros más o menos los conocía, pero éste intrigaba porque tenía un ramal eléctrico extraño, que salía de adentro de unos túneles. Uno iba por la avenida empedrada, y se veía aparecer de la nada una tira de vagones llenos de hierro forjado con unos inmensos aparatos que echaban chispas sobre el techo.
Las máquinas de otros ramales del mismo ferrocarril creo que no eran diesel, eran más antiguas tal vez de carbón, y los vagones de madera estaban recargados por la decoración art nouveau, con cortinitas en algunos casos y con un coche-comedor y un coche-camarote de lo más funambulescos.
A ese tren con cortinitas y todo me subí.
Un día entero o mejor dicho, veinticinco horas después me bajé en Corrientes, cerca de la frontera con Brasil. Allí comenzó todo.
Pero esas horas de viaje desde el territorio aburrido de las calles empedradas donde habían muerto los tranvías y mi niñez, me llevaron suavemente hacia lo que los oficiantes llaman el despertar de la juventud.
¿Y la adolescencia? Bien, gracias, no había tiempo de adolecer de nada.
Uno de los sucesos más hermosos y casi violentos de este viaje lo viví con mi compañera de vagón, una niña casi de mi edad, que supondremos hermosísima, misionera y bautizaremos Clara Luz, con ese estilo de los nombres paraguayos de mi recuerdo. A Clara Luz también le estaba aconteciendo este misterio que llamamos despertar de algunas cosas. Lo cierto es que mis hormonas y las suyas, nacidas y crecidas en la selva, hicieron un tremendo revoltijo. En la tendencia a perder la originalidad, gran parte del trayecto entre vagones y pueblos litoraleños lo dedicamos a entrelazarnos y enroscarnos de tal forma, que el inspector ferroviario se dedicó a vigilarnos atentamente a causa del mal comportamiento.
Mi hombría de porteño estaba en juego, y aunque hacíamos lo imposible por meternos al baño espantosamente hediondo del vagón, yo trataba de aprovechar las pasadas del “chancho” que nos espiaba para escaparme muerto de miedo ante la actuación cada vez más pugnaz de mi compañera, que quería experimentar el terreno donde yo no me animaba ni a asomarme.
Esta incoherencia de mi parte, como corresponde provocó el enojo de Clara Luz, que se fue a medianoche, lo cual también corresponde.
Supongamos entonces que sea verdad mi recuerdo, y que terminé durmiendo reclinado confianzudamente sobre una dama bastante mayor que Clara Luz, tal vez poco más de treinta años, dama por demás seria y circunspecta que pacientemente me permitió sentirme cómodo en los ratos que logré dormir.
Porque no fue fácil pegar los ojos con el efecto que me habían dejado los apretones con Clara y la insoportable vergüenza de sentirme tan estúpido.
Hasta que entre duerme y vela, me di cuenta que la señorita circunspecta estaba haciendo con sus senos algo más que acunarme, y que mi mano estaba entre la suya dedicada a frotarse en un lugar oscuro y tibio... y que finalmente su otra mano me alivió de tanto dolor metafórico y poético y entonces recién pude dormir profundamente.
Al bajar en la estación de Curuzú Cuatiá tenía en el bolsillo unos quinientos pesos, resto que me quedaba de aquella platita que me había regalado Ricardo, un pequeño asalto a la caja del negocio de su padre. Lo primero que hice fue vestirme de mencho. Me compré unas bombachas camperas, un gran sombrero de paja, alpargatas y un buen puñado de balas calibre 22 para rifle o pistola. Con el nuevo equipo partí hacia el Paraje Yaguarí, donde esperaba encontrar a mi amigo Luis.
El día de mi llegada lo pasé en un almacén de campo desde donde partí a la madrugada siguiente, aspirando hondo, hondo, parado sobre los estribos de las "calchas” *(recado), con las riendas en la mano izquierda y tratando de alcanzar todo ese azul, y ese verde, y esas distancias, y esos pájaros... y echar a andar. Primero al trote, un poco al galope, de nuevo más lento, al paso... pero andar y andar.
Como habíamos quedado por carta, Luis me estaba esperando en su casa de la estancia “San Juan” a orillas del río Miriñay. Desde la galería se veía esa llanura de espartillo que bajaba unos cinco kilómetros hasta el río y que se transformaba poco a poco en el estero característico del paisaje correntino. Me iba acostumbrando a todo esto, tan extremo y tan contrastante con mis años en Buenos Aires. Enseguida de comer un asado de oveja volvimos a ensillar caballos y salimos de recorrida. Era la primera vez que montaba tanto, y ni siquiera la comodidad del recado criollo podía disminuir los dolores en las piernas, el culo y la espalda, cada vez que me apeaba parecía un muñeco de madera. Llevábamos los rifles y aparejos para pescar en cuanto llegáramos al Miriñay pero la primera expedición fue bastante corta, apenas para que yo conociera los alrededores. Por ejemplo, pasamos por un enorme ombú de más de diez metros de altura y una circunferencia de unos tres o cuatro metros. Bajo la copa se podían atar dos caballos a cada lado y todavía sobraba sombra. Era el único resto visible de lo que habían sido poblaciones, es decir un par de ranchos habitados por una familia más de cincuenta años atrás. Mi compañero se divertía contándome de qué manera aquellos paisanos habían sido asesinados por los bandidos y me prometió que veríamos la luz mala cualquier noche de éstas, porque en algún lado por los alrededores del ombú había un entierro que nadie había descubierto aún.
Fueron pasando los días y además de trabajar con las ovejas y las vacas, aprendí a domar caballos bastante chúcaros, y aunque no llegué a ser domador me sentía muy satisfecho.

MANERAS DE DOMAR UN CABALLO


- ¿Quiere armar?
- ¿Qué cosa?
- Digo si quiere armar un cigarro.
- Como querer, quiero, pero no sé ni agarrar el papel.
- Es fácil, usté pone el papel así, entre estos tres dedos ticó, agarra la tabaquera y con esta cantidá de tabaco está bien, después lo cierra con estos dos dedos, lo aprieta bien...
Don Regino va al paso en un zaino colorado viejo como él, y mientras lleva las riendas en la mano izquierda, como buen paisano, sujeta el papel de armar entre el pulgar y el dedo mayor de la derecha, le da forma con el índice, saca la tabaquera del cinto con la izquierda sin soltar las riendas y echa tabaco justo para un cigarrillo. Guarda la tabaquera, y siempre con la derecha únicamente, termina el cigarrillo, lo hace rodar entre los tres dedos y me lo pasa.
- Disculpe, che usté, lo ensaliva para cerrarlo, cada uno el suyo.
- Gracias... ¿Cómo lo hizo?
- Es ticó fácil, no tiene que soltar las riendas nomás.
Seguimos fumando, al paso del zaino y el tostado que me dieron a mí, grandote y de buen carácter. Era el caballo de tirar la tumbera cuando había que acarrear leña o bolsas de papas y maíz. Al pasar por un monte de naranjos me detengo debajo de un árbol para alcanzar algunas frutas desde el estribo, El tostado entiende perfectamente y se queda quieto.
- ¿Le regalaron nicó una yegua?
- Sí. Pero es potranquita y hay que domarla todavía.
- Será la estrellita, la oscura de la zaina, angá la yegua vieja.- Don Regino es medio guaycurú y mezcla guaraní cuando habla.
- ¿Se conoce todos los caballos de por acá?
- De Miriñay a Mercedes, todos. O’manó hace tantos años que trabajo ñan’dé
por acá por eso conozco todas las tropillas. Yo domé de joven angá de viejo ya no pude. Sus yeguas viejas ticó de San Juan las domé yo mismo.
- Debe ser difícil domar caballos.
- Ni difícil nicó ni tan fácil. Hay que saber nomás.
Si armar cigarrillos con una sola mano y a caballo le parecía fácil a don Regino, cómo sería domar, que no le parecía “difícil ni tan fácil”
- ¿Y usted me puede enseñar?
- No sé che. O’manó el muchacho, quiere aprender a domar. Bueno, nomás ponga ganas ticó, yo le puedo ayudar, che a usté con su yegüita vieja ticó.
- ¿Me va a explicar bien primero?
- Mire, agarra aité la yegüita bien temprano, cosa que esté medio dormida nomás. La cabresteamos en el corral para que no coma nicó ni tome agua hasta el mediodía, cuando hace calor. Está más manso a esa hora angá el animalito. Se le deshincha la panza.
- ¿Porqué?
- A la mañana los animales han comido pasto con sereno ticó, tienen la panza llena de pedos y se le va a aflojar su cincha vieja por abajo.
- Entonces la atamos en el corral...
- Y al mediodía está mansita angá pobre.
- ¿Entonces?
- La empieza a acariciar usté, che. Le pasa bien la mano, la soba ticó bien sobada y que vaya sintiendo el olor suyo mismo aité. Va a querer morderlo a usté, de seguro con su hocico. Ahí nomás me le pega con su mano abierta por el hocico a la yegua. O’manó, tiene que ir sabiendo que usté le manda a ella, pero despacio, de a poco.
- ¿Y después puedo subir?
- No, todavía no. Hay que seguir y seguir sobando y mientras sujetarle firme su oreja a la yegua. Le va bajando la cabeza aité me le pone el freno, la cabezada y las riendas.
- ¿Y ya está?
- ¡Oooo’manó! – Don Regino perdió la paciencia – Mejor mañana temprano se levanta, agarra ticó la yegua y ahí mismo aité le enseño.
Tuve el mejor maestro. No digo que salí domador, pero unos porrazos y revolcones a los dieciséis años no son nada, los huesos aguantan, aunque el culo, la entrepierna y los riñones griten toda la noche aité. Pude montar a mi potranca oscura con una estrella en la frente y cola salpicada de blanco. Don Regino ya era viejito y me tuvo mucha paciencia, considerando que yo era “el porteño”.

ADELMA



Por las tardes a veces no volvíamos a la casa, nos quedábamos en alguna isleta de ñandubay y guayabos, o luego de pasar el estero llegábamos a la orilla del río y hacíamos campamento para pescar. Sólo por diversión cazábamos sábalos a tiros porque estos peces duermen la siesta cerquita de la tierra firme y a flor de agua, como tomando sol. Yo solamente cazaba lo que me iba a comer y ese principio se me volvió en contra cuando bajé un carau, pajarraco de carne durísima y hedionda pero me lo tuve que comer. Sacábamos anguilas moviendo el dedo delante de su cueva, las cuereábamos y allí nomás las poníamos sobre las brasas. Vivíamos bien. Hasta me di el gusto de jugar al matrero, un día que se armó una buena pelea en el boliche “el Ñandú” que como todos los boliches de campo, quedaba en la esquina... de ninguna parte, porque era pampa para todos los vientos. Allí se bebía caña, se jugaba al truco o la taba y a veces se comían unos guisos machazos y unas empanadas dignas de ser cantadas. Justamente un partido de truco dio comienzo a una discusión bastante inflamada con caña, una cosa trajo la otra y de repente había un par de menchos con el cuchillo en la mano. Otro me corrió hasta el caballo y cuando me vieron escapar, era lógico que me gritaran: “porteño maricón” y otras cosas peores en guaraní. Pero era de zonzo quedarse allí y me subí a caballo lo más rápido que pude. El hombre me había seguido de cerca y ya me alcanzaba con el machete en la mano, cuando se encontró de boca con el caño de mi escopeta, que siempre estaba enfundada en el recado y esta vez me sirvió no para cazar, sino para darme tiempo a retirarme con dignidad y hacerme fama de “muchacho de cuidado”, aunque no sé para que me iba a servir.
Hubo otras ocurrencias, como desafíos para ver quién se atrevía a agarrar víboras con la mano. Inconscientes del peligro seguíamos cualquier rastro entre el espartillo o las pajas y con un manotazo rápido cazábamos del cuello culebras y toda clase de reptiles. Estas audacias terminaron bastante bien cuando encontramos una yarará de más de dos metros y como ninguno quiso ser el héroe por no ser el finado del cuento, resolvimos que no valía la pena y buscaríamos otro deporte en qué probar nuestra energía de jóvenes. Entonces fue que disputamos el premio mayor, la cocarda de Gran Macho, el diploma de adolescencia cumplida.
En la estancia trabajaba un viejo mulato brasileño, don Pedroso, que cumplía las funciones de peón de patio, es decir, bueno para todo. Era un hombrecito lleno de cuentos y anécdotas, la mayoría con personajes del monte, yaguaretés, víboras enormes como la curiyú, matreros, contrabandistas y cangaceiros. Don Pedroso tenía un montón de hijos e hijas trabajando lejos, y una de ellas que era mucama en la ciudad una tarde apareció medio a escondidas y se fue a la mañana siguiente, tan misteriosamente como había venido. A partir de esa visita el viejo quedó a cargo de dos de sus nietas, muchachitas alborotadoras y juguetonas que no podían negar su sangre afroamericana. Eran de piel hermosamente tostada, pelo crespo y ojos enormes y reidores. Todo lo hacían ruidosamente, correteando entre risas y juegos de escondidas. Eran bastante más chicas que Luis y yo, pero en el trópico se madura muy rápido, y nosotros éramos los únicos varones jóvenes en muchas leguas a la redonda. Bueno, estaba el Toti que vivía en la estancia San Andrés, pero ese no cuenta, era medio tonto. Ya habíamos hablado noches enteras en la habitación, mientras escuchábamos la radio de Buenos Aires que llegaba a duras penas. Luis estaba de acuerdo en que solamente podíamos atrevernos a la mayor, creo que Adelma se llamaba, la hermana era muy pequeña. El desafío estaba tácitamente lanzado, y no dejábamos de estar excitados ni cuando andábamos al galope arreando o separando ganado, ni cuando enlazábamos terneros o caminábamos pegándonos en el barro del estero.
Ya no salíamos de noche a esperar a las vizcachas cerca de sus cuevas o a seguir el rastro del onza. Solíamos sentarnos sobre una rama del Ybirá pitá enorme que daba sombra al patio, con las piernas colgando, a tomar mate y fantasear sobre las posibilidades de tener sexo precoz con Adelma. A la siesta se acabaron los viajes al bah’í a meter la mano al agua para sacar anguilas, perdimos el interés en los sábalos dormilones. Sólo la morena ocupaba nuestro tiempo y nuestra mente, y la espiábamos a esa hora de calor, cuando se levantan los espejismos en la llanura, para mirarla cuando iba a bañarse con su hermana menor. Entonces el agua le adhería el ligero vestidito sobre el cuerpo y nos sentíamos morir tirados panza abajo detrás de los tacuruses. Un día mientras me duchaba en la casa, con baño de azulejos y agua caliente, me llamó la atención una sombra que se proyectaba sobre la pared húmeda. Al girar alcancé a ver unos pelos crespos que desaparecían contra el sol de la ventana. Salí corriendo, así desnudo como estaba, y casi alcancé a Adelma que me había estado espiando y pegando grititos escapó a esconderse en la despensa y cerró la puerta con tranca.
A partir de ese momento comencé a vivir ufano en la convicción de que yo era el elegido de la niña, hasta que una noche volví tarde –Luis me había pedido que fuese a cerrar la tranquera con candado- y al entrar a nuestra habitación comprendí porqué me había sacado del medio, él y la morena estaban en la cama, retozando y riendo. Y sus risas se escucharon hasta que me encaramé al Ybirá pitá del patio.

EL JUEGO DE LA OCA


Ese primer intento valió la pena, pero no duró. Me fueron a buscar y me llevaron de vuelta a Buenos Aires. Terminar el colegio, aprobar la secundaria, llevar adelante una carrera.
El segundo intento no terminó tan suavemente. Volví al campo allá en Corrientes, cerca de los carnavales. En las ciudades grandes todavía duraba la euforia del mayo francés y en las paredes se pintaba el nombre del Che y adhesiones al pueblo de Vietnam o Santo Domigo. No lo recuerdo bien, pero los yanquis estaban siempre invadiendo a alguien.
Yo estaba encargado de pagar los salarios de la estancia donde fui a trabajar, en Paraje Yaguarí, pero cuando la dueña del campo mandó las planillas desde el pueblo, en lugar de dinero los peones recibían vales de descuento del almacén de ramos generales, único en el paraje, y en algún caso hasta quedaban endeudados para el próximo mes. Me rebelé contra semejante injusticia y quise iniciar un movimiento sindical entre los cuatro menchos. Los muchachos me dejaron terminar de hablar, me convidaron otro vaso de caña... y preguntaron como siempre “¿Y después?”...
Algo raro ese perro negro que desapareció el día que murió su dueño cuando volvió no se despegaba de mi sombra. Llegó poco antes que el mensaje, con una garza tan blanca en el hocico negro, muerta. Pero en ese momento no entendí nada.
Después la dueña del campo me mandó buscar con “los rurales”, la policía montada del paraje. Un comisario comprensivo me metió en remojo dos o tres días, un método que casi me deja demasiado ablandado.
Claro, en esa comisaría correntina, en lo que llaman la cuadra, todos los presos eran tapes de la zona, y yo para ellos era “el porteño”. Me enseñaron a prender fuego con bolas de papel mojado, estrujado y secado al sol del mediodía, a “vistear” con la alpargata y otras habilidades. Gente buena al fin y al cabo, que tuvo protagonismo cuando aterrizó detenido un camionero que me vio tierno y me exigía el pago de los cigarrillos de cada día.
Por supuesto que yo tenía que negarme y hacerme el duro, no podía dejar que los demás me vieran aflojar. Pero el camionero era mucho más fuerte que yo, y cuando parecía que de una trompada me iba a dejar impreso en una pared del patio de ejercicios, me di cuenta que los menchos nos rodeaban silenciosamente, con cara muy seria, y como quien no quiere la cosa, uno de ellos le dijo al matón:
- ¡Déje tranquilo al muchacho! ¿No ve que es mas chico? – Y eso fue para mí no solamente una salvación momentánea, sino el descubrimiento de esa solidaridad entre desgraciados que no han perdido la dignidad.
Pasó el tiempo y el comisario me hizo echar del pueblo en el tren de vagones de madera para que volviera a mi casa, pensara en una familia, un trabajo estable, en fin un proyecto de vida.
Es verdad, ese proyecto de vida me llevó al café de La Paz, y a la Perla del Once, donde continué la promisoria carrera de vender diarios. Como me especializaba en relaciones públicas me pasé algunas noches con Tanguito, Miguel Abuelo, el tano Franco. Y las chicas, como la Balita y la Maga, que era estudiante de Teatro.
Gracias a una tía medio santa que tenía y que me pagaba la pensión, estudiaba de día en el Municipal de Arte, pero cuando conocí a la Maga me pasé a las clases de Teatro. Poco a poco hice algo por la actuación con Franco, con Dragún y otros, hasta que resolví lo mejor para el teatro, abandoné las clases y partí nuevamente con destino a otro lugar de América del Sur. Porque la del Norte casi me daba náuseas de tanto escribir ¡go home!.
Conservábamos las ideas del Di Tella, del pasaje Seaver, de Marcuse, Reinhardt, Adorno. Y estaban las chicas. Esas flaquitas de Filo (Filosofía y Letras) de pelo lacio, como la coloradita Betty, de Villa Crespo, que probablemente se llamaría Myriam y militaba en el Partido Comunista en la clandestinidad. Yo la amaba perdida y fracasadamente, y quería ir en busca de los cerros y los cañaverales para deslumbrarla.
Muy bien, si era por eso, podía volver a juntar algo de plata, aunque sea muy poca; tenía un sombrero boliviano de puro fieltro, canilleras (polainas) correntinas y una incongruente mochila muy moderna. Y me subí a otro tren, menos romántico y de trayecto más corto pero suficiente para mis intenciones.

JULIO Y LA MAGA




No pudo ser, Julio. La esquela que le enviaste aquel 13 de octubre del 83 al poeta Héctor Yánover estaba cargada de esperanza de volver a Buenos Aires el febrero siguiente. Justo ése, en que el azar eligió por vos otro viaje. Como era tu costumbre, responder al amigo así, hasta cualquier momento. El hasta siempre final es cierto, che. Siempre estas dándote una vuelta por aquí. Te hubiese gustado ver “Las fases de Severo”, me lo decías en tu carta del ocho de julio de 1983.
- Pero quiero agradecerle una carta tan cordial, las noticias sobre las actividades teatrales en San Luis (Me hubiera gustado ver “Las Fases de Severo”) y la pieza inspirada en mi cuento. “como muchas cartas, como muchos relatos, también hay mensajes que son botellas al mar”
- No hay solamente una melancolía, esa gris y con sonido de plomo, también hay esas melancolías anaranjadas, que tienen brillo de escamas y que nacen de recuerdos que no se resignaron a los rincones ni a las pelusas que provocan ojos rojos. Vos trabajabas en Chivilcoy y habitabas una pensión en la calle Pellegrini. Mis pensiones estaban siempre en los alrededores de Corrientes y Callao. A partir del invierno de 1966 comencé a vivir en los alrededores del centro trasnochador de Buenos Aires donde quedaban las pisadas de Gardel, Enrique Muiño y Elías Alippi y los gestos de Justo Suárez. Fue en una de esas pensiones, de la que me escapé sin pagar, que leí por primera vez el primer ejemplar de “Rayuela” una noche que me lo prestó el flaco Ricardo, mi primer hermano. La música del saxo aparece en la vieja habitación que ahora veo pintada de colores ocres pero que tal vez era empapelada. El Julio amaba el saxo, yo ignoraba completamente la existencia de Yearbird. De aquella mesa de mediodías provincianos siempre recordaste a doña Micaela, y algunos dicen que de esas conversaciones vocingleras te robaste la semilla del gíglico. Yo empezaba la búsqueda, en los bares, en el cineclub, en los subterráneos...
- Entro de noche a mi ciudad donde me esperan o me eluden, donde tengo que huir de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre...
- Con el Flaco íbamos a bajar el río Paraná en balsa de troncos, como habíamos visto en “Sabaleros”, la película de Fernando Ayala. No sé, primero lo voy a llamar a Ricardo por teléfono, tal vez me vaya a las provincias, tal vez vuelva a Corrientes... mientras tanto no dejar de caminar, pasar junto a Tanguito, seguir viaje...
En esta parte debería escucharse
“Reunión Cumbre” me gustaría mucho,
con Jerry Mulligan y Astor Piazzolla.
- Estamos en otoño otra vez, ¿era la Guerra de los Seis días en Israel, la crisis de los misiles cubanos o la invasión a Vietnam? Imágenes “como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río”. Acabo de conocer a La Maga, como siempre, primero es una alucinación parada junto al teléfono que me dice: - “Los teléfonos se cansan, les da fatiga con tanta gente que habla y habla nada más que pavadas “
- En los versos “Plaza España Contigo” aparecidos en su libro, el Julio habla de la más hermosa plaza de Chivilcoy, de un mediodía y una cita, la de Cortázar con Coca Martín.
- Está loca, lo que más te gusta es que está loca pero es La Maga, o sea que no está loca
- “Le escribo a esa mujer que respira bajo tantas máscaras, incluso la que yo le inventé para no ofenderla, y le escribo porque también usted se ha comunicado ahora conmigo, debajo de mis máscaras como escritor, por eso nos hemos ganado el derecho de hablarnos así, ahora que sin la más mínima posibilidad imaginable acaba de llegarme su respuesta”.
- Yo no estaba loco, todos se enamoraron de La Maga, la acompañamos hasta su casa que quedaba lejos, tomando uno de esos trenes eléctricos suburbanos que hoy son pasaporte al miedo. Así, tras los pasos de ese personaje que estudiaba teatro, entré al teatro y conocí a Osvaldo Dragún, a Osvaldo Bonet, a Eduardo Pavlovski. Tan fácilmente se cumplió la profecía de Alicia Berdaxagar y Carlos Carella. No tanto, Alicia decía: “Este chico es un payaso”, pero insistí yendo y viniendo por ese corredor de mosaicos floreados en Palermo hasta que Carlos y Alicia que ya eran actores leyeron mi versión dramática de “Fausto” de Estanislao del Campo, y juro que les gustó. Nunca se pudo estrenar, porque el Rector del Colegio no permitía ingresar mujeres
- ...al establecimiento masculino, que quiere decir para varones; mirá vos qué cosa, che, acabo de escribir “Recto” cuando la intención era poner “Rector”. ¿Y si tomamos mate?
- “es cierto que escribir me calma a ratos, será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte”
- El buen hombre no sabía que Julio había hecho su adaptación de “El Puñal de los Troveros” de Belisario Roldán para un día de egresados en el teatro Metropol.
-
Música de saxo otra vez, quizás John Coltrane...

- A Carlos y Alicia tampoco iba a volver a verlos por muchos años...
- ¿Y La Maga?
- No, gracias. Era hermosa
- Muy flacucha-
- Tenía ojos luminosos
- Usaba unos lentes gruesos horribles
- Ayer era de tarde y caminábamos por Montevideo, de vuelta del café de La Paz y me decía...
- “La gente nunca mira por arriba de las cejas...”
-¿Qué pasó?
- No sé, vivía muy lejos... se tomó el tren... el eléctrico...
Vendría la época de poner proa a San Luis y al oeste, un viaje que según los amigos era arriesgado. El tren de madera sale mañana, me dejará en Río Cuarto y de allí haciendo dedo...

SAN LUIS DE LA PUNTA




Me bajé de madrugada en Río Cuarto, al sur de Córdoba.
Mientras caminaba desde la estación hacia la ruta me iba tragando un horizonte perfumado de trigo y alfalfa, balidos y yuyos. Pero más allá se abría el escenario del cielo negroazulado, se perfilaban volúmenes espesos de sierras que a esa hora todavía parecían nubarrones o extrañas moles algo difusas. Hacia allá habría que ir, a quedar anclado en un amor serrano en San Luis del venado y de las sierras, en la paz y la calidez de las jarillas y las vertientes frescas; las nochecitas con guitarras y tonadas, las serenatas...
Faltaban unos años para mi concubinato con las verdaderas montañas, las de Los Andes, hasta que desde San Luis seguí el sol hacia el poniente y llegué a Mendoza, que es decir el Aconcagua, el Tupungato, los parrales, la música y la poesía y la gran pasión definitiva: el teatro.
Mientras llegara esa nueva partida, mis planes inmediatos eran trabajar y formar un hogar, como me aconsejara aquél comisario. La experiencia me sirvió, porque en un lugar donde el trabajo escasea y la mejor expectativa de los jóvenes es emigrar, logré ubicarme en una oficina. Era un trabajo tedioso, rutinario como pocos, pues se trataba de copiar con la máquina de escribir mecánica (que hoy pocos conocen ya) centenares y centenares de medidas y listas de detalles, cálculos, enumeraciones... desde las ocho de la mañana hasta las doce y desde las cuatro de la tarde hasta las ocho. Hacía lo que podía para alterar esta rutina, para no dormirme fatalmente con la frente metida en la máquina –cosa que sin embargo me pasó alguna vez- para hacer más llevadero el encierro. Por suerte el clima era bastante cordial y se me perdonaban muchas cosas, hasta que tomé prestado un vehículo de carga de la empresa y me fui un fin de semana de paseo a la sierra, todo un viaje de 400 kilómetros hasta Candelaria. Claro que el lunes no pasó desapercibida mi aventura. El gerente me llamó a su oficina y luego de retarme un rato largo, me dio el castigo que correspondía y que fue menos grave que echarme a la calle. Tendría que pintar una grúa de hierro. Pintarla completamente, a mano y con un pincel de una pulgada de ancho a lo sumo. Eso sí, de color amarillo.
La consecuencia inesperada de mi cambio de situación, de la cómoda oficina a escalar la grúa, fue que mis compañeros me vieron como indicado para ocupar un cargo gremial, y volví a la actividad sindical que me había valido la cárcel en Corrientes. Sin embargo habían cambiado las circunstancias y poco a poco también escalé posiciones en el Sindicato, llegando a ser unos de sus representantes hasta que las condiciones políticas del país se pusieron tórridas, cosa que en Argentina pasa con bastante frecuencia.
Estábamos en tiempos del último gobierno de Juan Perón interrumpido por la muerte del caudillo, y fue precisamente en momentos de su muerte que ocurrió un hecho que me apartó para siempre del gremialismo.
En San Luis se enfrentaban dos bandos absolutamente irreconciliables en lucha por el dominio de la CGT (Confederación General del Trabajo) en su seccional local. Uno de ellos, el oficialista, contaba con el apoyo de la dirigencia de los sindicatos más corruptos en el ámbito nacional, y por lo tanto se esperaba una intervención de sus matones armados en cualquier momento para inclinar la balanza provinciana. Una noche de julio, todas las noticias recibidas de boca en boca indicaban que la banda armada llegaría en ómnibus desde la ciudad de Río Cuarto. La CGT organizó entonces una estrategia de turnos para montar guardia en el edificio donde funcionaba la Mesa Directiva y contingentes de ayuda urgente en otros locales gremiales de las inmediaciones. A este servidor le tocó el turno de las diez de la noche en adelante.
Llegué a la hora que me dijeron y me encontré solo en el local, una vieja casa convertida en oficinas. Abrí con la llave que me dieron para eso, apenas me encontré en el edificio oscuro y vacío sentí el impulso de irme a dormir a mi casa, pero antes que resolviera hacerlo llegó otro compañero. Al poco tiempo, llegó un taxista que había sido avisado para que nos apoyara, y como era gigoló tenía un revólver. Menos mal, ahora uno de tres estaba armado. Un tiempo de espera sin novedades, sin llamados telefónicos, nada de nada. Por la calle iba pasando don Alvarez, un amigo entrañable que había sido presidiario y hombre de armas llevar, y que al ver nuestras caras de ingenuos sintió lástima y también se ofreció para ayudarnos. A los pocos minutos, uno de los miembros de la Mesa Directiva, un señor muy elegante de la Asociación Bancaria, llegó en su auto para preguntar qué necesitábamos, dejarnos unas empanadas para comer y un rifle calibre 22. Y se fue tan elegante como llegara.
Don Alvarez seguía pensando que éramos unos chorlitos, porque me dijo en un aparte en voz muy baja:
- Mirá pibe, yo ya no veo nada, pero vos apuntáles con el rifle a la cabeza así te asegurás el tiro. Después, si hay líos con la policía me pasás el rifle a mí...¿qué me van a hacer a mí?. Vos cuidate ¿eh?
Por suerte no hubo necesidad de tirarle a nadie, nadie apareció en toda la noche. Amigos y enemigos habían estado resolviendo sus diferencias en una comilona a mitad de camino entre Río Cuarto y San Luis, en un restaurante a orillas de la ruta. Los únicos que amanecimos de guardia fuimos Curly, Moe, Larry y Mickey Mouse.
De repente, Mickey Mouse se sube a un camión y se va.

JULIO, EL FLACO Y EL JAZZ

- A Julio le gustaba el Jazz, sabía un montón de jazz, sobre todo música de saxo, y hablaba siempre de Charlie Parker, yo recién llegado al cuadrito 32, amarillo, iba a descubrir a Piazzolla. Tira de nuevo. Me llevé el disco de 33 revoluciones, un long play que me regaló Ricardo con grabaciones de homenaje a Louis Armstrong, una mochila y un sombrero grandote. Pero a Julio no sólo le gustaba el jazz, escuchaba Troilo, a Pugliese y tocaba valsecitos criollos en el piano.
Los hermanos Juan y Alberto Cedrón vivían en Saavedra, en la subidita esa que está pegada a la General Paz. Allí había un ombú gigantesco que, de tan enorme, tenía un patio de ladrillo adentro.
- Nosotros jugábamos ahí cuando éramos pibes –así lo recuerda Juan, el “Tata”- El árbol tenía adentro un hueco, lo que nos parecía la entrada de un túnel. Y muy cerca, una casa. Decíamos que ahí se había reunido Rosas con Quiroga y que tenía pasadizos secretos.
- El otro hermano, Alberto es un tipo de gran talento. Cuando leyó Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, Alberto descubrió el episodio en que los personajes salen a atorrantear y bajan al Infierno por un ombú que está en Saavedra. Yo trabajaba en Núñez, frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, cerca de la estación Rivadavia. He pasado miles de veces por allí. Una noche iba cruzando las vías y el tren atropelló a un tipo. Me quedé helado a borde de las vías hasta que el tren paró y llegaron los bomberos, prendieron reflectores para buscarlo y todo eso. Yo estaba en la sombra del terraplén sin ver nada, y en cuanto di un paso para seguir cruzando apoyé el pie sobre una mancha de tipo que estaba desparramada sobre el pedregullo. Nuca había visto el ombú donde está la entrada al infierno, ni siquiera sabía de Juan ni de Alberto. Pero esa noche vi el túnel, y cualquiera que pase ahora por la Escuela de Mecánica de la Armada, puede ver la entrada... el árbol creo que no está más, el infierno no sé...
- Es bastante horrible que todas las hojas de todos los árboles de nuestra vida, presentes para Funes el memorioso, estén perdidos para nosotros sin estarlo, estén ahí como si no estuvieran, en una memoria pasiva que se niega a obedecer a la voluntad y en cambio, estúpida, nos saca de golpe una vidriera en Roma en 1952, un lápiz azul de un cumpleaños infantil, una escena de una cinta de Pola Negri, un compás de tango y gracias, dejándonos vislumbrar sádicamente que todo el resto esta también ahí, que podríamos acordarnos si solamente encontráramos el método.
- Me voy a Córdoba
- Entonces mejor llevate de recuerdo el disco de Armstrong, te lo regalo. Hay melancolías doradas como la trompeta de Satchmo, huelen como las pizzas del Banchero y tienen sabor a tabaco negro. Ya no tomamos más ginebras en La Paz ni en ninguna parte con Ricardo, por ahora estará tomando unos vinos con Julio, donde quiera que sea. Sigo la búsqueda de magas y vías ferroviarias de fierro carrilero.
- ¿No te gusta la música?
- - No jodas, flaco, soy sordo.

LA VOZ DEL INTERIOR



- ¡Entonces de forros ni hablemos!.
Esta frase podría ser el remate de uno de esos chistes malos que se cuentan cuando la noche se derrumba en pedazos de pan, huesos pelados y vino tinto que se entibia en la sobremesa de un asado. Pero no, esta es la frase que viene a la memoria ligada nada menos que a que un congreso de literatura argentina, organizado hace mucho, mucho tiempo en la muy docta ciudad de Córdoba. Todo tan superlativo como era aquél momento, apenas salidos de una época de miedos y represiones de todo tipo. Entonces la premisa inmediata era vivir. Fuimos desde San Luis porque me habían invitado al congreso, y pensábamos que nos vendría bien esta especie de luna de dulce de leche y oporto y Córdoba era la cómplice perfecta, con los paseos por la Vélez Sárfield y los fingidos asombros de “chuncanos” llegados a la ciudad mirando hacia arriba los rascacielos, paseando por el mercado en el boulevard San Juan porque para quienes veníamos de la Punta los bulevares y los mercados eran una pintoresca novedad. Desde nuestra llegada, la inscripción y correspondiente acreditación en el congreso y luego el congreso seguiría desarrollándose y desenroscándose y estirándose por el sábado sin mi presencia, para bien de las letras sudamericanas que hoy pueden contar este cuento.
Ella lucía su muy protocolar y prosopopéyico sacón de piel para salir de noche, bajo una llovizna que dejaba charquitos donde tartamudeaban las lucecitas de la peatonal. Y se reía. A cada rato, a cada sorpresa, saltábamos sobre los charcos y reía y nuestra alegría rebotaba también en el agua y las paredes, se mojaba y se iba sobre la espalda gris de algún vecino preocupado. Desde las bocacalles hacia la periferia adivinábamos penumbras y ella se apretaba contra mi brazo. En esas penumbras sombras informes temblaban un segundo aún antes de escurrirse del todo, sonidos de culatazos y de galopes quebraban la alegría, quedaban en las tinieblas susurros y portazos... y yo que quería estar alegre no podía escapar a una presencia flaca que olía a ginebra y que venía en breves olas de música. Una sombra más flaca que una sombra que si hubiese tenido rostro sería el de Ricardo.
Pero todas esas cosas quedaban atrás, los cuerpos apretados nos confortaban y enseguida volvíamos a jugar olvidándonos de todo, mi congreso y sus tacos altos. Entrábamos al cine, a ver aquéllas películas de cinearte, con esos cafés discutidos, comprábamos cañoncitos de dulce de leche y nos íbamos a la pensión. No hubiéramos vivido este Trópico de Capricornio a no ser por Jorge, que estaba estudiando leyes en Córdoba y arregló que Antonio, que hoy es cirujano, nos prestara su habitación de universitario humilde mudándose ambos a otra parte. Así, por ahorrarnos un hotel, compartíamos la nave con unos diez o doce bucaneros, la nave y las facturas para el mate. El oporto comprado en la mañana fue el rescate de la princesa aquella tarde que entró al único baño en condiciones para bañarse y maquillarse para el paseo. La turba hacía fila en el pasillo y los piratas se impacientaban, algunos recién despiertos luego de haber estudiado toda la noche anterior. En el patio entre las glicinas iba oscureciendo y el ambiente se sentía más húmedo. De vez en cuando se escuchaba la risa de ella desde el encierro y los hombres perdían la paciencia, pero al fin entre las tohallas y tohallones salió la Reina de la Cañada, la Emperatriz de las Empanadas Cordobesas. Tuvimos que huir dejando en el campo la botella de oporto, pero volveríamos a por otra esta noche.
El último día lo dedicamos a multiplicar el tiempo. Como lo primero debe ser lo importante, fuimos del brazo y circunspectos al cierre del congreso. En el Paseo de las Artes miramos todos los trabajos expuestos sobre improvisados mostradores, sobre banquetas o en el suelo. La princesa tocó todo, preguntó por todo y al final le regalé un bonito libro artesanal de poesía infantil, cosido con lanas de colores e ilustrado con dibujos en tinta china. Porque tiene que ser china, claro. Habíamos ido al Museo del Títere y al teatro del Instituto Goethe donde daban una obra hecha a partir de un cuento de Kafka, luego de eso nos detuvimos un segundo en un kiosco y visitamos la Catedral. Cuando salimos, comimos kilos de ensaladas en un boliche alemán, creo que por 9 de Julio o San Jerónimo (hace tanto tiempo...) de donde salimos corriendo porque le dije que no había pagado. De todo esto me acuerdo de vez en cuando, y sobre todo de cómo se reía y cómo comíamos cañoncitos en la cama, porque creí que podría continuar siendo igual o tal vez mejor con los años y por eso viajé tantos kilómetros hacia el sur, hacia la nieve y las araucarias, para hacer las paces con todo en un lugar sin penumbras. Cuando el plan estuvo listo, ella había cambiado. Ya no podía ver tan lejos, hasta allá, entre nieve y montañas. No pudo despegar de las sierras del río seco.
Por eso, ya que estoy aquí, en esta parte del camino donde a veces nieva y miro por la ventana y en el vidrio se refleja el aire frío y húmedo de una pensión de Córdoba hasta que el vidrio se empaña y ya no veo con claridad y me parece que escucho otras voces y veo para adentro cuando llegamos esquivando la llovizna al kiosco de la esquina de Rivera Indarte y ella preguntó: ¿Tiene chuflines para el pelo señor?
- No tengo idea qué es eso – Contestó el hombre, y ella dijo muy rápido:
- ¡Entonces de forros ni hablemos!

martes, 9 de septiembre de 2008

BARRIO CLINICAS




Salir de noche por las calles cordobesas era una aventura poco recomendable en tiempos del gobierno militar. La ciudad universitaria por excelencia desde tiempos de los padres dominicos tenía toda una tradición de revueltas estudiantiles, desde cuando se iniciaron las luchas por la ley 1420 que impuso la educación pública y gratuita, pasando por el levantamiento antiperonista de 1955 y el “Cordobazo” de 1969 protagonizado por obreros y estudiantes y que le costó el gobierno a otro dictador militar al precio de jóvenes y trabajadores muertos. Los estrategas de la ocupación iniciada en 1976 aprovecharon la experiencia, y colocaron sobre Córdoba a uno de los insanos más feroces de que disponían para degollar cualquier reacción intelectual y popular. Luciano Benjamín Menéndez fue el militar encargado por sus pares de llevar a cabo esta tarea sucia al frente de sus animales encapuchados, y todas las noches atreverse a salir por la ciudad era andar por un ghetto donde los ciudadanos normales eran rehenes de la ocupación. Controles en las esquinas, maltrato, humillaciones eran uno de los métodos favoritos para quebrar la voluntad de los civiles, doblegarlos hasta hacerlos sentir incapaces de reaccionar, decidir o pensar.
Algo que decir a favor de estos mercenarios, estaban allí enfrente, eran el enemigo evidente y soberbio.
Los reemplazó esta guerra perversa de hoy, donde el miedo se nos mete en la sangre desde los medios de comunicación, desde el discurso de George Busch como de sus mercenarios en Latinoamérica. Esta estrategia no militar, donde el enemigo encapuchado no baja de un Ford Falcon armado de metralleta. Hoy es un fantasma que vive a la vuelta de su casa, maneja el colectivo, le sonríe desde un escritorio. Hoy han fabricado este enemigo que paraliza y no deja decidir ni pensar, el miedo entre nosotros.
Volvamos a Córdoba, el Barrio Clínicas, donde vivíamos con el flaco Ricardo, en una pensión de estudiantes de larga historia que alguna vez allá por la época de la 1420 había sido burdel y comité político de estudiantes de medicina en los fondos. Compartíamos una habitación enorme, donde cabían muy cómodamente las dos camas, un ropero de madera antiguo, con luna y molduras llenas de polvo, una mesa, dos sillas y nuestras conversaciones de toda la noche. Yo trabajaba de carpintero y Ricardo estudiaba. Una vez al mes, cuando él recibía el giro de su familia, íbamos a comer a un viejo almacén que sobrevivía en una esquina de la 27 de abril, frente al Banco Francés donde se cobraba el giro.
Un lugar a medida de estudiantes como nosotros aquél almacén. Atendido por el dueño gordo como debe ser, circundado por un mantel blanco atado a la cintura y de permanente mal genio. Por lo menos en apariencia. Allí uno se hacía “de la casa” y podía comer las mejores empanadas picantes y jugosas –baratas, eso sí- y tomarse un pingüino de buen vino patero de La Rioja. El gordo encargaba ese vino especial a unos camioneros que hacían el trayecto Córdoba- La Rioja y se lo traían directamente de los viñedos familiares donde se sigue elaborando este vino artesanal, grueso y áspero, de aroma maravilloso.
Con las mesas bien servidas, viendo que casi todos los asistentes apreciaban sus empanadas y su vino, al gordo le cambiaba el carácter, aunque no la cara. En esos casos tenía algún detalle de buen humor, como aquella vez que nos aclaró por lo bajo que el vino patero no había llegado, y que si queríamos por el mismo precio nos tendría que dar “esa porquería que viene en botellas” pero luego nos trajo el pingüino cargado con “el mejor, el que reservo a los turistas que pagan caro” y nos cobró lo mismo... precio de estudiantes.
Luego volvíamos al Clínicas o yo me iba a trabajar y Ricardo a la facultad de medicina.
Por las noches todo cambiaba, volvían los Falcon, los camiones del ejército, las prostitutas y los mendigos.
Pero Córdoba trataba de seguir su vida. Había cine clubes, teatro, muchas reuniones de escritores y el café. Los grupos que se arriesgaban después del cine o el teatro a reunirse en un café para hablar hasta la madrugada, a pesar de los controles. Yo deambulaba, buscaba algo, curioseaba, quería ver esas noches cordobesas por dentro.
Un riesgo que tuvo sus efectos.
Vi un mundo de contrastes, por afuera de las reuniones de intelectuales, un circo de decadencias. La supervivencia de los marginales, los extremos, la mayor represión política coexistía con la displicencia con que la gente aceptaba el fermento de esta miseria.
En los bares cercanos a la terminal de ómnibus, mujeres que se ofrecen en los últimos peldaños de degradación hubo siempre y habrá siempre. Pero es duro compartir la mesa en uno de esos bares con adolescentes que ofrecen su cuerpo a cambio de una cama bajo techo, un par de cervezas, un sándwich.
Casi niñas que tratan de ponerle diversión a este drama, que hacen muecas para ponerle alegría, se ríen fuerte con entrecortados aullidos que simulan carcajadas.
Estas escenas son el fondo a los encapuchados armados, las sirenas.
Una mañana me sorprendió la lluvia caminando por el parque Sarmiento. De repente me quedé solo, la gente huía del agua pero yo seguí caminando. Ni siquiera me di cuenta cuánto había caminado cuando me encontré en medio del parque, completamente mojado y hablando solo.
En cuanto llegué a la pensión, hicimos un acuerdo con el flaco, me iba de Córdoba.
Volvería a San Luis, Ricardo me iría a visitar, sería todo como antes, cuando éramos adolescentes allá en el café de La Paz.
A primera hora Ricardo me acompañó a tomar el micro, nos despedimos en el estribo y quedamos en escribirnos pronto. Él se quedó en Córdoba para seguir estudiando.
Fue la última vez que lo vi.

MI AMIGO JULIO


- Querida Rosa: nada más que dos líneas, pues ya estoy con un pie en el barco. Le agradezco muchísimo su felicitación y los buenos deseos. Y me acuerdo de lejos charlas en Chivilcoy, cuando los dos pensábamos en viajes. Hoy me toca a mí, pero mi gran deseo es que también llegue el día para usted. ¿Por qué no? San Juan es sólo un pedacito del mundo. El resto espera, y un día usted entrará en él. Con todo afecto. Julio Cortázar, 10 de octubre de 1951
Un intervalo con música nuevamente, ahora sí, ¿Charlie Parker?
- Viajando hacia el oeste a bordo de un tren, que todavía era de madera pero real, Julio Florencio Cortázar llegaba a Mendoza "puerta de mi casa", como la nombrara en otra ocasión. En esta ciudad, dictaría clases, escribiría y publicaría cuentos, se haría amigo de uno de los más grandes artistas plásticos de la historia mendocina y participaría de la toma de la Universidad momento que aprovecharía para tocar el piano, seguramente en algún sótano.
- Hay que batir el cubilete, los dados ruedan sobre la mesa de paño, sale el siete. Tira otra vez.
Tuve la mala suerte de nacer durante el gobierno del general Perón, de manera que a finales de los años sesenta, creo que era la época en que mataron al “Che” en Bolivia, tenía veinte años y a mi alrededor los jóvenes militantes políticos reclamaban el regreso del Viejo, la vuelta de Perón. Si fuésemos capaces de recordar estaríamos ahora pensando en la obra teatral “El Avión Negro” de Germán Roszenmacher y Oscar Viale. Tuve la mala suerte de mirar con desconfianza todo eso que pasaba a mi alrededor hasta que en 1969 se tomó la Facultad en San Juan porque nos visitaba el embajador norteamericano, John Cabot Lodge. Los norteamericanos estaban invadiendo Santo Domingo o era El Salvador o..
Lo que tenés que hace es definirte, militar en la izquierda. Se viene un movimiento en Latinoamérica, el Che no ha muerto en vano, hay compañeros luchando en Taco Ralo, en Tucumán, Vietnam está ganando la guerra, se independizan los africanos por todos lados, en Argelia Ben Bella es el líder.
- Gracias al Tata Cedrón por los recuerdos:
- Pude haberlo conocido antes, porque en el 64 me habían invitado a un festival de música en Argelia. Pero se pudrió, cayó Ben Bella y no viajé. Pero en esa época yo había leído a los cronopios y ante la posibilidad de pasar por París pensé -, yo a este tipo le doy una serenata, me paro en la yeca y le toco algo. Bué, al final me tuve que ir del país porque ya sabemos, ¿no?, Dábamos recitales en las villas... tuve que irme.
- Otra vez le toca tirar los dados y arranca a buscar por dos cuadritos verdes, son ravioles al pesto en este extraño juego de la oca.
Como por ejemplo esas noches llenas de estrellas imaginarias, porque el parral tapaba el cielo, mientras se prendía el fuego y sonaban algunas guitarras y se repartían un par de melones rellenos de buen vino blanco con hielo. Para humillación de estos mendocinos el vino igual que los melones eran de San Juan, porque cualquiera sabe que es el mejor blanco que hay. En ocasiones los invitados podían ser los integrantes de Markama, el grupo de música indo americana que empezaba a grabar sus discos y a ser escuchado fuera del país Y cuando decimos “país” nos referimos a Mendoza.
- "Los mendocinos me han sorprendido. La facultad tiene un club universitario hermosamente decorado, que ocupa varias habitaciones de un subsuelo. Hay allí un bar, discoteca con abundante "boogie-woogie", banderines de todas las universidades de América, y tanto profesores como alumnos van allí a charlar, seguir una clase inconclusa, beber e incluso bailar. ¿Cree usted posible eso en Mendoza? A mí me pareció, cuando me llevaron, que entraba en Harvard o Cornell; todo menos aquí. Y sin embargo es realidad: alegrémonos de ello".
El muchacho daba vueltas y vueltas por la ciudad porque en realidad no sabía por esa época qué quería hacer, lo cual lo hacía sentirse muy especial hasta que encontró que todos los jóvenes de todas las épocas coinciden en lo mismo.
En una de esas vueltas iba por la calle Sarmiento, de regreso de los portones del Parque, cuando en una esquina se detuvo a mirar un edificio antiguo muy bien conservado y sombreado por aquellos árboles tan especiales. La atmósfera del momento era un poco mágica. Sobre la puerta del edificio había un cartel que rezaba: “Universidad Nacional de Cuyo – Escuela Superior de Teatro”; capaz de imponer respeto y que parecía solemnemente distante del peatón. Pero más abajo, escrito con marcador y sujeto con chinches, un letrero muy pedestre decía: “Abierta la Inscripción – Horario de 18 a 20 horas”.
Ya es otra cosa. Porque si se fijan, hay carteles que “rezan” y hay otros que “dicen” las cosas. Y al muchacho este letrero artesanal le dijo algo.
Preguntó la hora a un reloj que pasaba con cara de cartero, y como recién eran las dieciocho y treinta (más o menos) entró a inscribirse.
- "Los discípulos descubrirían el ámbito mágico de la literatura a través de las lecciones magistrales de una inteligencia privilegiada, de un malabarista de la expresión, de un espíritu abierto a la belleza, creador él mismo". Por la calle Garibaldi podíamos encontrar a Gladys Adams, la esposa del grabador mendocino Sergio Sergi, que fue la tipeadora de un libro que terminó de escribir aquí- Bestiario- y a la escritora Lidia Aronne, quien había publicado un escrito sobre la obra de Cortázar que éste apreciaba muchísimo.
- Eso le gustaba mucho a Julio, la idea de que hay miradas que perduran en el tiempo y en el espacio.
Después de este gesto de audacia seguramente ha sentido miedo, y tal vez se arrepintió al entrar. Decimos seguramente, porque a través del tiempo es difícil saber exactamente cómo pasó todo, ni siquiera podemos afirmar qué hora era verdaderamente. Lo cierto es que en ese paso fundamental se convirtió en alumno de la carrera teatral y en “Toulouse”. Sólo que para ser Toulouse tendría que esperar hasta marzo, porque ese fue el sobrenombre que le puso una compañera de banco que era artista plástica y fanática de los affiches de Lautrec. Cosa en común, porque al joven barbudo le gustaban los cabarets al viejo estilo, aunque ahora se llamen “pubs” o “café concert”.
Más allá de otras anécdotas, lo que le quedó a nuestro compañero fue una propuesta para trabajar como barman - ¡barman!- en un sótano de la calle San Juan, en la galería Tonsa.
- Recordaba a Julio el argentino y Ugné, la lituana tomando mojitos en Cuba, hablando de política latinoamericana, de revoluciones, de carnes rojas bien asadas. En esta melancolía jugosa con olor a perejil mezclamos al personaje de Bioy Casares y al de Julio, uno mirando desde la ventana del baño un paisaje que es el mismo que recuerda haber contemplado el de Bioy...
Continúo con este local mendocino que se empezaba a poner de moda en el más estricto sentido surrealista y literal de la palabra underground, y muchas veces habíamos concurrido los tres a tomar unas copas. En realidad no, en realidad solamente íbamos las poquísimas veces que teníamos con qué pagar las copas. Pero igual lo conocíamos bien, y nos parecía fantástico este trabajo, casi a la medida. Los viernes y sábados había recitales donde se presentaban cantautores y cantautoras, a veces había música folklórica con mucho espacio para las improvisaciones, amigos que tocaban la quena, el charango o el bandoneón. Poco a poco, se instaló el jazz en este sótano. Y era maravilloso llegar hasta la salida del sol escuchando desde atrás de la barra las mejores “jam session” del sábado. En este momento cabe un homenaje a Cortázar en el jazz, a Woody Allen en el cine y a Henry Miller en la historia.
- Los protagonistas hacen y sienten lo mismo. Pasean, se aburren, los fastidia la rutina profesional, los aplasta el gris de la ciudad. El centro de ambas historias es el mismo. Los dos personajes no pueden conciliar el sueño. Desde cuartos contiguos a los que ocupan, llegan voces: el llanto de un bebé y la voz de la madre que intenta calmarlo, en el de Cortázar. Una pareja que hace el amor ruidosamente en el caso del de Bioy.
Eran tiempos en que había leído “Sexus”, “Nexus” y los otros libros. Eran tiempos de libros prohibidos, tangos prohibidos y principitos prohibidos. Detrás de la barra del bar, que se llamaba “A Mi Manera” igual que el tema que sonaba varias veces en la noche, vivía una especie de ensoñación que mucho tenía que ver con el espacio de ficción del teatro. Allí, donde podía tocarla, estaba la vida, llena de clarinetes, humo de tabaco y vasos de alcohol. Un momento fantástico cada día donde imaginar historias, personajes, retazos de melodramas, poesía...
Como aquella mujer que podría tener cuarenta, llena de colorido desde la blusa al rostro maquillado en otro tiempo, tal vez en su salida de los quince para el baile de sábado a la tarde. Esa mujer con cabello enrulado que trata de disimular su soledad encorvándose y pegándose a la pared marrón anodina.
Pide un primavera con alcohol.
La miro intencionadamente desde la barra y presiento que nos comunicamos. De todas maneras le preparo su pedido con una dosis muy especial y mientras el mozo le acerca el vaso me adhiero a sus pupilas con ansiedad. Si se queja acaba todo (¡cuánto celeste se ha puesto en los párpados!).
Primer trago de líquido amarillo y verde. La mujer se yergue en la silla, saborea un segundo trago y descubre que la estoy mirando.
Seguramente si hay música en el ambiente, será “Otoño en Mendoza”, escrita por Jorge Sosa con música de Damián Sánchez.
- Ugné y Julio se están mirando en el bar de La Habana, ella le encanta, es buena bebedora y buena fumadora, y apasionada militante...
-. Y la voz de la madre que intenta calmarlo, en el de Cortázar.
- Una pareja que hace el amor ruidosamente en el caso del de Bioy. Una vez más, las mismas actitudes de los dos protagonistas. Ideas gemelas para el final de cada cuento. Julio y Adolfo se rieron de esta broma literaria.

DOS


Me parece que está más animada, pero se toma tiempo para encender un cigarrillo, toma otro sorbo mirándome por encima del vaso y me doy cuenta que recién entonces repara en mi existencia allá, en esa sombra de botellas y madera. Me guiña un ojo. ¡Menos mal!
Al finalizar el trago, esa nueva mujer que apenas se parece a la que había entrado, me hace un gesto con el pulgar hacia arriba, se sacude la ceniza de cigarrillo de la blusa y sale con paso aventurero enristrando un busto bien carnoso y una sonrisa de seguridad más roja. Se va por la escalera, pero queda una sensación agradable, como de triunfo.
- Aunque haya que seguir lavando y acomodando vasos y cubiteras.
- Ugné Karvelis, es algo así como la contrafigura de Aurora Bernárdez: tempestuosa, volcánica, sensual, habla con fuerte voz de tabaco, bebedora, expansiva, una mujer que no parece del Norte sino latina, y además una latina fogosa
- Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto
Hasta el viernes no tenía que trabajar, pero el viernes llegó, como todo llega, y hubo que aparecer otra vez detrás de la barra, fresco y alegre (más alegre que nunca) y trabajar casi como de costumbre.
Había una diferencia ahora, ella se sentaba cerca de mí allá en la oscuridad de botellas y heladeras. Una oscuridad buena para besarse de vez en cuando, o para una caricia al pasar. De ese otro lado con luces en tono caramelo, un par de manos tocan en el viejo piano vertical algo de “Fats” Waller, o un clarinete y una batería atacan algo de Moody Waters. De este lado acaramelado y satinado por la piel de ella, también hay melodías en sus dedos de larguísimas uñas rojas (presiento) que agarran con fuerza el contorno del muslo que está hacia abajo del mostrador y la barra oculta el frotarse una pierna y la otra sobre un pantalón una pierna y un miembro ya rígido hace varios sonidos de saxo y el sexo que apunta enmelando el mástil y los dedos se cierran jugando las notas nadie es capaz de penetrar como yo en esa oscuridad para ver mi vergüenza que la excita y me hace temblar como una máscara idiota mi sonrisa saliendo entre vasos el brillo de tragos y cubitos de hielo que el propio vapor corporal derrite y mana en final de sonata derrama abajo trazando espeso mi arpegio sobre un pantalón y la tela no espera en apuro alterado las manos separan, liberan desnudan viril instrumento de vana armonía las yemas despiertan un botón del teclado pellizcan sedosa mudez que desnuda jadeos y arriba vacía sonrisa y abajo mejillas deslizan despliegan descubren mojada boquilla que emboca pimpollo y saliva de músico en boca de ella es glissando y cerrando los labios la lengua lengüeta de oboe feroz que suena vertiendo y llenado rebosa y reboza con caldo en tanto el cuenco de negra palma acaricia y sopesa el timbal de parche velludo y las uvas tremolan y vibran de esperma que fluye hacia arriba y empuja cascada en sonidos de charco.
Todo esto cerca mientras de aquél lado, en la luz, felices los músicos cantan, le gente ignora la lucha animal de esta pequeña selva, toman más cerveza, más whisky, los vasos se renuevan y solamente irrumpe el silencio al final, en el último salto. Después de unos buches de vodka, Claudia se recuesta contra unos cajones de cerveza y se queda dormida. Es entonces cuando está más deseable. Todavía hay que limpiar y acomodar porque mañana será otro día de trabajo y porque hoy –ya - es sábado, decía Vinicius.
En realidad cuando compramos aquél Citröen 3 CV nunca pensamos que también en esto había una especie de venganza. En lo único que pensamos fue en que un autito como ése, casi un Pegaso mágico y trasnochador, era la solución a los largos viajes desde y hacia el centro. También pensamos que era la mejor forma de trasladarnos con nuestras respectivas parejas transitorias hacia sueños definitivos. Lo que no estaba previsto era tener que sacar el Citröen de una acequia orillada de tipas en plena avenida Costanera una madrugada de lluvia. Adentro esta chica, rodeada de vapor que empañaba los vidrios y en Radio Nacional Mendoza sonando el Triple Concierto versión de Oistrach; Ostropovich y Richter. Afuera está él, tan torpe con el agua hasta más arriba de los tobillos, tironeando y tratando de levantar el autito por suerte tan liviano puras latitas y lona.
- "Ayer por la mañana llegaron los cronopios a la hora en que Aurora y yo dormíamos con ese encanto especial que tiene el sueño después que ha sonado el despertador y uno está seguro de que va a llegar una hora tarde a la oficina." "Aurora y yo, encastillados en nuestro granero, nos dedicamos al trabajo, a la lectura y a la audición de los cuartetos de Alban Berg y Schoenberg, aprovechando de la ventaja de que aquí no hay nadie que nos golpee el cielo raso." "Aurora lee por sobre mi hombro y me moja una oreja con un beso para ustedes."
Después de un rato de esfuerzo cómicamente grotesco, llega la ayuda de una camioneta, un estridente chirrido de latas descosidas y el auto sale tosiendo y chapoteando hacia el nidito de sábanas calentitas.
Mañana me daré por enterado y revisaré si hay daños, pero ellos, el muchacho y esta chica flaquita, están en la habitación tan romántica desde donde se hacen escuchar a cada rato algunos estornudos. Por suerte el resfrío fue grande pero no llegó a pulmonía, y después de todo, el amor todo lo cura. ¿No? .
- Es bastante horrible esta prudencia que corresponde al escéptico, que todas las hojas de todos los árboles de nuestra vida, presentes para Funes el memorioso, estén perdidos para nosotros. Que estén ahí como el siglo diecinueve, sin estarlo, si no estuvieran, en una memoria pasiva apenas algunas tentaciones, al tiempo que las cosmogonías o el libro de Las mil y una noches que se niegan a obedecer a la voluntad. Soñé pero me resultó imposible. Me hubiera gustado mucho, pero quedó en el camino porque no era una empresa estúpida, y en cambio, difícil.
- No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las Armas Secretas, de Julio Cortázar, y sus cuentos, como aquel que publiqué en la década del 40, me han parecido magníficos. Cartas de mamá, el primero del volumen, me ha impresionado hondamente. En Cartas de mamá lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones de subterráneo. El prodigio requiere esos pormenores.
Sigo buscando Magas a campo traviesa en sótanos y paletas de colores pastosos, violetas de amanecer, damasco de verano, no es lo mismo el otoño en Mendoza cantamos un coro de hojas que dicen adiós.
- Aurora: “Toco su boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja... “ Ahora leí en los diarios que Borges dice que soy comunista. Me alegré más que nunca por el homenaje que le rendí en “La Vuelta al día en Ochenta Mundos”
Buscábamos, como si fuésemos dos. En el tren local El Libertador, con su enorme vidriera en el vagón de cola, el mago profesor partió de Mendoza, "puerta de mi casa", como la nombrara en otra ocasión. Quería ser un escritor. Para cuando ocurrieron estos sucesos Cortázar ya tenía una mala relación con uno de los poderes políticos más fuertes de esa época, el Partido Demócrata. Lo habían acusado sistemáticamente de nazi, rosista, fascista y falangista. Claro que poco tiempo antes y durante su estadía como maestro en Chivilcoy también lo habían acusado, pero de comunista, trotskista y ateo.
- Porque yo, aunque él esté más que ciego ante la realidad del mundo, seguiré teniendo a distancia esa relación amistosa que consuela de tantas tristezas. Me temo que esa posición no sea entendida por los que cada vez pretenden más que el escritor sea como un ladrillo, con todas las aristas a la vista, el paralelepípedo macizo que sólo puede ajustarse a otro paralelepípedo. No sirvo para hacer paredes, me gusta más echadas abajo...
Habíamos entrado en el año ‘81, me rechazan una obra en el teatro Independencia “por razones ideológicas” y volvemos a San Luis los dos, el Julio me acompaña dentro de una mochila en papeles que se fueron manchando con vino tinto y voces junto al fuego. Volvemos a San Luis.
- ...quiero agradecerle una carta tan cordial, las noticias sobre las actividades teatrales en San Luis (Me hubiera gustado ver “Las Fases de Severo”) y la pieza inspirada en mi cuento.
- Pero no pudo ser.
- Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto.
Mi padre nació en 1914, igual que Bioy Casares y el Julio. ¿Cómo explicar lo inexplicable? Cortázar definió el milagro como "mensaje indescifrable, una tercera voluntad". Bioy prefirió hablar de "casualidad".
Mi padre buscaba algo, nunca supe qué podía ser, pero no le salió bien, las únicas armas que tenía eran sus manos y su trabajo. En el treinta y nueve casi se ahoga en el crucero “9 de Julio” que está enterrado en el fango del Río de la Plata. Mi abuelo había nacido en un barco, mi tatarabuelo era pirata en el Adriático, frente a Yugoslavia.
-. El problema de un hombre que descubre de golpe, Johnny en un caso y Oliveira en el otro, que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta, Johnny por sus motivos y Oliveira por motivos más intelectuales, más elaborados, más metafísicos. Pero se parecen mucho en esencia. Johnny y Oliveira son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social. Entran en el juego, viven su vida, nacen, viven y mueren. Ellos dos no están de acuerdo y los dos tienen un destino trágico porque están en contra. Se oponen por motivos diferentes. Bueno, era la primera vez en mi trabajo de escritor y en mi vida personal en que eso traduce una nueva visión del mundo.

PER SALTUM



Es casi obsesivo, pero en un escritor como éste las mujeres representan una parte fundamental de las historias, que se van pareciendo más a historietas. También hay una recurrencia un poco infantil en los paisajes, esas acuarelas tan provincianas con cerros agrestes, arroyos y noches cálidas y estrelladas. De un envión tropezamos con el pasado inmediato, como si casi cuarenta años no hubiesen transcurrido. El relato vuelve a una de estas casas con árboles y un pájaro que canta en las madrugadas (casi siempre una torcacita) y una ventana por donde se hace ver el sol. Con un caluroso rayo de luz en la cama que repta hasta la cara es imposible seguir durmiendo, aunque valdría la pena. Ella está muy cómoda, desnuda y blanca apenas la distingo de la sábana... bueno, no es real pero es muy poético, y uno está muy enamorado. Se da vuelta y siento rabia porque disfruta tanto del fresco del ventilador que a mí me hace toser. El mechón negro, el pelo rubio perdido entre las almohadas y el placer en la cara que duerme aunque el sol. No importa, total tengo que levantarme durante la noche para no despertarla con la tos. El cuerpo transpirado a pesar de una ducha tibia, la sensación de no haberla dejado satisfecha y la resignación a dormir en el sillón del otro cuarto, sin ventilador.
El autor vuelve a esta vieja ciudad al pie de la Punta de los Venados para buscar tanto tiempo después la piel de otra mujer. Pero no importa, la sensación de que mañana me va a doler la garganta no importa, es una mujer maravillosa y todo esto un cuento del que voy a despertar, como con un rayo de luz quemándome desde la ventana y el dolor en la garganta. Por la calle han pasado cosas, encuentro eso sí rostros viejos, rasgos viejos, relojes detenidos, traiciones a la melancolía en los recodos con yuyos, en los montoncitos de basura, decepciones que barre el viento con los papeles arrugados y que los nuevos hipermercados que parecen islas ofendiendo a la pobreza no pueden ocultar. Y ella descorre ese telón con la yema de los dedos cuando me trae un té con miel para que no me duela más, y me hace recostar otro ratito, dejando flotar el cabello sobre mí, apenas rozándome y no quiero entrar en sus ojos, porque no voy a poder salir. Sin embargo tengo miedo.
El tema de los terrores, o como dijeran los griegos, el pánico, también es reiterativo en este relato. Igual que en otros, pero acá estará ligado a las mujeres. Sin embargo, el mismo autor se ocupará de aclarar insistiendo si es necesario, que lo mejor de la memoria son las mujeres. Por eso en torno a ella las cosas giran, todas las cosas. Estos últimos días hemos tenido pocos momentos de vida social, pero han sido intensos. Y hemos tenido poco tiempo para vestirnos adecuadamente, de manera que descartamos usar ropas. Igual hace calor y debemos ducharnos a menudo.
Hay que notar a medida que avanza el discurso, que el narrador evita ir directamente al grano. Oscila y anadea en torno al tema de las relaciones con esta última mujer. Describe el clima, los detalles accesorios. Pero algo no está bien. Después de viajar de un mundo a otro, de cambiar tantas veces el destino y de haber sentado definitivamente los reales (o campamento, como sea) tendrían que verse superfluas muchas cosas, muchas cosas deberían estar claras. Acá no hay nada claro. Solamente tenemos entre los dos estos dos meses (¿ya dos meses?) de intentar una convivencia madura. Sin embargo pareciera que hay una sorda competencia. Una simpática competencia. Sin discusiones, sin enfrentamientos, eso es para los jóvenes. Se resuelve con humor. Con ingenio, con ironía. La ironía, ya se sabe, es a veces ácida; a veces dura, a veces mordaz... Son sólo instantes, hay mucho más para compartir que para separar. Están los momentos a solas con la música, a solas con un libro, comentando lo que leemos y recordando un poco de historia de lo que escuchamos revivimos momentos afines, son tantas las anécdotas con paisajes comunes. En última instancia hay un deseo lejanísimo que no logra revelarse. El narrador no aclara de qué se trata. En los silencios que los reúnen de vez en cuando hay alguna carencia inexpresada.
Tal vez sea ese vacío que tiende un puente inestable entre la buena cama que abandonamos esta mañana y que está reflejada en la poesía de hoy a la tarde, y la buena cama que tendremos por la noche, viendo y comentando una película que sabemos compartida por unos muy pocos trasnochadores como nosotros. No importa, total al cabo de unas semanas (¿dos meses ya?) la poesía queda inconclusa porque ella es urgente por la tarde, la película tiene mal sabor esa noche porque me duele la garganta a pesar del té con miel, y me acuerdo que la miel no me gustaba antes, antes cuando no tenía que dormir en el sillón, ni bañarme a cada rato, ni me desvelaba pensando si estaría satisfecha. Y justo cuando iba a dejar mi valija – quiero quemarla de una vez por todas, había dicho ella – justo en ese momento me quiso cambiar el perfume nacional que usaba. ¿Y de qué se queja? El que le compré era importado.
En esta parte del relato, el escritor olvida intencionalmente que la mujer mencionó alguna vez que durante doce años y seis meses había soñado con un hombre... Juntos descubrieron que este hombre era diferente, o que en todo caso poco a poco él demostró que no era el hombre soñado, porque ocupaba dos tercios de la cama para dormir. Claro, a mí me había empezado a gustar el olor de ella después que se iban los jabones y las cremas, y le fui tomando el gusto al contacto con la piel de su espalda porque si nos separábamos yo me daba cuenta que algo me faltaba.
Después ella decía que era fantástico sentir cuando él estaba adherido como un molde y comenzaba despacito a excitarse con el contacto, pero al terminar transpiraba y se levantaba para bañarse – período refractario, decía ella - y transpiraba por la tarde, y se levantaba demasiado temprano y.. cosa insólita, cocinaba. A ella le había fascinado que un hombre le cocinara, pero yo cocinaba con ajo. Entonces ella, como eran almas gemelas, decidió que se iría de viaje. Él, a su lado, ni se había enterado hasta ese momento, en que ella lo discutía con alguien por teléfono.
Fue cuando rescaté mi valija, la misma de cuarenta años antes, miré su cuerpo disfrutando bajo el ventilador, y poniendo mi cuerpo poco a poco lejos de esa sensación satinada fui despegando los trozos de mis labios. Igual no recuperé todo, pero había perdido importancia. El autor resuelve aquí ese deseo que se ha mencionado en el relato como algo misterioso. El deseo de libertad.
Ha pasado el tiempo y de vez en cuando se vuelve la vista atrás, en una canción, en una película, en un libro... pero a orilla del camino el paisaje está moviéndose y el tiempo y nueva gente y esas cosas pasan. Esto último es sabiduría popular.

CINCO COMPOSICIONES PARA LA PASIÓN



Me mudé a vivir con Publio en una gran casa de Guaymallén, ese suburbio mendocino que todavía conservaba quintas de frutales y viñedos. Era conveniente alquilar algo entre dos socios, y tuve la gran suerte de que Publio me invitara a compartir, porque me enseñó muchas cosas. Por ejemplo, tenía una gran discoteca, estantes que llenaban tres paredes con discos hasta el techo. Era fanático de la ópera y la música clásica, además de tocar muy bien la guitarra. También era un eterno cliente del psicoanálisis, pero en esta generación ¿quién no lo fue? . Uno de los discos era “Cinco Composiciones Para la Pasión de Cristo”, del barroco italiano.
En esa casa retozábamos con Claudia que se divertía sonoramente, gozaba sonoramente y despertaba la ira de la vecina que entonces golpeaba la pared. Esto provocaba más diversión sonora que acabábamos de nuevo con sonoridad.
Todo era musical en esa casa.
Llegó la primavera y comenzaron a madurar los damascos justo frente a la casa, un paisaje expresionista de verde y amarillo, y cientos de pájaros que todas las mañanas vienen a comer la fruta madura. Detrás llegan las abejas y el espectáculo que se ve desde las ventanas es glorioso.
Se fue Claudia, pero no importa, estamos en primavera y tengo proyectos, como por ejemplo montar un espectáculo que incluya un coro, para mí todo incluye música. Es por eso que me presentan a la directora de un coro juvenil, le dicen la Negra, sólo la veo unos minutos para hablar de trabajo, pero me produce una impresión profunda.
Creo que sobre todo porque es morena, de ojos enormes, cejas gruesas y boca gordezuela. O puede ser porque canta con voz de contralto unos black spirituals que la elevan del piso de los mortales. O por la forma en que me miró esos minutos que hablamos.
Lo que sea, trato de verla todas las veces que puedo, quiero ansiosamente que hagamos un espectáculo juntos, me siento inspirado.
Me sorprende que ella también se entusiasme, cada cita es más intensa, nos sentimos estimulados, hay reuniones con los actores y la gente del coro, preparo un libreto, trabajamos de noche, avanzamos en el proyecto y en el verano.
Se prepara un campamento con los compañeros, vamos a ir todos a Picheuta tres días, llevaremos carpas, haremos asado y tocarán la guitarra. ¡Tres días de campo con mi compañera de proyectos!
La Negra organiza todo, inclusive lleva su carpa y a mí en su auto, donde se cuela su mejor amiga.
No importa, buscaremos cómo estar solos, me está dando una oportunidad, ahora definiremos cuánta amistad cabe en una carpita.
Picheuta es un lugar hermoso, estamos todos alegres, salgo a buscar leña, preparamos un fogón gigantesco para la noche, habrá guitarreada y vino patero.
Hasta yo me puse a cantar, y me hicieron todas las bromas correspondientes hasta que entendí que debía callarme. Sentados muy juntos miramos el cielo de los Andes, un cielo maravilloso, se fue apagando el fuego hasta quedar un montoncito de brasas y nada de vino, me animé a decirle que nos fuéramos a la carpa... y accedió.
Entramos, nos acomodamos, comencé a hablarle al oído, y llegó su mejor amiga, que había sido considerada parte de la carpa. No importa, podemos acariciarnos en la oscuridad, la clandestinidad es más excitante. Le pide a su amiga que le pase crema por la espalda – no a mí, a su amiga – y me pasa crema por la espalda. Todos encremados.
Listos ahora para dormir, todos cansados por el paseo a la montaña y por el vino.
Me voy a fumar unos cuantos cigarrillos junto al fogón que se apaga, por suerte las noches en la cordillera refrescan mucho aunque sea verano y piense en la directora pasándome crema.
Hay que portarse como un caballero, y al día siguiente es como si no pasara nada, camino por el río, por el faldeo, entre las piedras. Camino, camino, camino.
Para ninguno de los tres ha pasado nada.
Otra noche igual, me pide que le pase crema para aliviar la insolación, le pasa crema a su mejor amiga, que sigue allí porque no ha pasado nada... y dormimos.
Sin embargo el viaje de regreso es muy silencioso, claro, estamos cansados por el paseo. Al despedirnos quedamos en hablar por teléfono para continuar nuestro trabajo en conjunto.


Primera Composición
Unos días después, por teléfono:
- Estaba esperando que me llamaras...
- ¡Ah! Perdón, no tuve tiempo.
- ¿Querés seguir con el proyecto?
- Bueno, si vos querés.
- ¿Qué te pasa? Estás raro, ¿no querés hablar?
- Sí, no es eso, me gustaría hacerlo personalmente.
- Bueno, esta noche venite a cenar, cocino algo para que pruebes que clase de cocinera soy.
- Ya lo creo, esta noche voy sin falta.
- Te espero a las nueve. Chau
- Chau
Breve transcripción poco fiel de la conversación. En realidad no podía hablar, me salía el corazón por la garganta... ¡Me llamó y me invitó a cenar!
Siempre he sido puntual, pero esa noche fui caminando hasta su casa, quería calmar la ansiedad, estaba insoportable y podía echarlo a perder si llegaba muy temprano. Lo conseguí, llegué cinco minutos pasadas las nueve.
- Hola – beso en la mejilla
- Hola
- ¿Trajiste el libreto?
- Sí, tenemos que hablar- Me siento, se queda parada en medio de la cocina.
- Me di cuenta, te pusiste raro después del campamento – Maneja apurada los trastos pero no hace nada, está nerviosa.
- Es que pensaba que seríamos nosotros dos, quería decirte que me gustas mucho, muchísimo y teníamos la oportunidad de ver cómo funcionamos, si estamos bien juntos y todo eso...
- Sí, yo pensé lo mismo. Al principio me atrajiste, me gusta como nos llevamos, me hacés sentir bien... pero había una lucecita roja por ahí.
- ¿Qué pasó? ¿Hice algo mal?
- No, no sos vos, soy yo.
Gravísima señal de alarma, cuando una mujer dice así, no somos la causa de nada, sino la víctima de algo. Casi siempre significa que en lugar de pensar algo, hizo el ensayo y pensó después. La inconsciencia es buena excusa.
- Entiendo menos que antes ¿Te pasó algo?
- No.
Se suponía que íbamos a hablar. No que tenía que hacerme cargo de lo que está pensando.
- ¿Por qué esa luz roja?
- Porque no me conocés bien.
- ¡Ah! Eso deseaba, por eso dije que el viaje era una oportunidad.
- No, pero no me conocés porque yo no me conocía bien.
Bueno, ahora se trata de actuar como un grabador, para que se escuche y pueda poner afuera.
- Podés hablar con tranquilidad, o si querés lo dejamos para otro día.
- No, te debo una explicación. Quiero ser sincera.
¡Mala suerte! Este prólogo quiere decir: Yo me lo saco de encima y te lo cargo en tu cuenta.
- Bueno... ¿Entonces?
- Sucede que vos me gustás, yo también fui a Picheuta pensando que iba a pasar algo entre nosotros, quería probarme.
- ¿Probarte vos?
- Sí, dejame hablar. No estaba segura de mí, de mi reacción si estábamos juntos... ¿Entendés?
No, no me jodas, si querés jugar por lo menos obligate a decirlo vos.
- No.
- No te hagas el boludo.
- No me hago, te escucho, no saco conclusiones.
- Quería probar qué pasaba en la cama.
- ¿Entre nosotros?
- Conmigo y con vos.
- O sea, me ibas a usar.
- ¡Noooo!. Te aprecio mucho, nunca te usaría en esos términos.
- Bueno, en otros entonces, pero es usarme.
- Es que de veras me iba a acostar con vos.
- Para ver qué te pasaba... ¿Y yo?
- Vos entendeme, pensé que me querías como amiga.
- Sí, te quería.
- ¡Ah! ¿Ves? Ahora no... no se puede hablar con los hombres, piensan con la bragueta.
- Creo que seguimos siendo amigos, pero si no sos clara no entiendo nada.
- ¿Podemos hablar como amigos?
- Estoy esperando desde que me llamaste por teléfono.
- El asunto es que quería definirme, saber qué me pasa, pero también fue Laura.
- ¿Tu amiga?
- Sí.
- ¿Y...?
- Bueno, resulta que se me aclararon algunas cosas, estaba muy confundida, perdoname.
Juro que lo largué en tono de broma:
- ¿Te gusta Laura?
Disparó el balazo:
- Sí.
El resumen de todo esto es que no comí la cena (que ya se había enfriado) quedamos como amigos intelectuales “un gran equipo” y Publio me tuvo que aguantar largas noches de café y ginebra hasta que me olvidé del asunto. El espectáculo no se hizo, pero por otras razones.
En mi habitación, mientras trataba de entender escuchaba “Black and Tan Fantasy”, sonido de réquiem para negros de New Orleans.

Segunda Composición:
A la noche sigue el día. Me encierro en la casa frente a los damascos. Es increíble cómo alguien puede tener ganas de sufrir, excepto en las novelas o en las malas poesías. Colgado de las rejas de la puerta, mirando como el nublado se va llevando el amarillo de la fruta y los pájaros, pongo para escuchar el disco de las “Cinco Composiciones...”, como tratar de rasgarse el brazo con pedazos de vidrio. No es efectivo, pero duele. En realidad se lo estoy haciendo a mi orgullo, autodisciplina oriental en versión itálica. Hay más novedades, otra seria discusión, Publio que no llega (él tiene explicación para todo) un trabajo que se pierde y las nubes que siguen poniendo el aire gris, los rincones negros, los ojos turbios.
Ya no podré ser el barman de aquél sótano musical de la galería Tonsa, el dueño no puede sostenerlo, no hay ganancias... se acabó ese pequeño mundo de piano vertical. Y se acabó mi fuente de ingresos.
Giácomo Corelli me pone las espinas de la Composizione en los oídos y odio la música pero no hago nada por silenciarla. Sigo colgado como un reo condenado, mordiendo los barrotes de hierro.
Es de noche cuando llega mi compañero, ni siquiera puedo comer, me meto en cama y él viene a charlar. A medida que cuento los episodios, la discusión reciente, la falta de trabajo y la pobreza que vendrá hasta nuevo aviso, voy dejando para el final la entrevista con la negra.
Luego Publio toma la palabra y comienza a explicar, pero yo dejo de oír. Borro el sonido, delante de mi vista todo es en cámara lenta, con luz amarillenta de bombillas miserables. Me desconecto de los sonidos, se acabó Corelli y se acabó lo que escuché anoche, y esta tarde, y hace un rato...
Un buen bofetón me despierta, por suerte la mano de mi amigo es grande y pesada. Me agarra uno a uno los dedos que todavía aferro a los bordes de la sábana y me la hace soltar, me descubre la cabeza, escucho su voz tierna y madura que me calma, escucho mis latidos, está todo en su lugar.
Entiendo lo que me dice la boca que se mueve:
- Vamos a comer algo. Una comida caliente cura muchas cosas.
- Tengo ganas de mear, hace horas que tengo ganas pero no me había dado cuenta.
- Entonces ya pasó, andá y después veni a comer. Lavate bien las manos.
Me las lavé muy bien, y también los oídos. Ahora tengo hambre, después veremos.

Tercera Composición
Tengo una entrevista con alguien que puede darme trabajo. Voy temprano preparado apara que me digan que no, es menos frustrante que ir con optimismo.
Se trata de otro local donde fabrican objetos de acrílico, dentro de la misma galería, entrada por calle San Juan. Ya somos una familia y consigo el puesto, que consiste en encargarme de la atención al público, mantener ordenado el negocio y hacer algunas entregas. El acrílico es en el momento el material de moda, tanto como en otros lugares lo fue a principios de los ’60. Fabricamos desde accesorios para baño hasta bisutería, por las tardes recorro lugares desconocidos de Mendoza haciendo entregas, visito clientes agradables, tristes, amistosos, agrios, quejosos, confianzudos.
Cuando puedo me mantengo cerca del taller, donde aprendo a fabricar diferentes cosas y se va tejiendo una relación de mucha confianza con el dueño, que es tan joven como yo y amante de la música. Sin embargo, tiene un perfil extraño. No puedo percibir qué es. Me ha invitado a reuniones después de trabajar, pero no quiero arriesgarme, los colectivos dejan de circular temprano y tendría que volver caminando hasta Guaymallén. Sin embargo, aunque es un tipo simpático y se porta muy bien con el personal; sigo teniendo reparos. Me siento muy mal por ello, no debería ser así, es buena persona. Vivimos con miedo al vecino, con prevenciones, nos encerramos y no debe ser así. Me siento un cretino. Me culpo y no tengo excusas. Salimos la noche del viernes y uno de mis compañeros me pide que lo acompañe unas cuadras, hasta una plazoleta de la Costanera, vamos charlando y él me cuenta con entusiasmo de qué se tratan las reuniones que a veces se hacen en el taller. Hablan de filosofía oriental al nivel de cualquier café, y algo de política. Esto lo dice mirando para todos lados. Mientras caminamos por la vereda lateral de la plazoleta, va deslizando los dedos entre las piedras de un pequeño muro. Se detiene, hurga una grieta y saca un porro. Busca un lugar seguro y me invita a compartir, pero no fumo, hace mucho que no fumo y cuando se lo digo se enoja un poco, ya no es lo mismo. Nos despedimos, y al alejarse unos metros aparece un patrullero. Hace lo peor, lo que no hay que hacer y sale corriendo, yo me quedé parado, supongo que fue el miedo, y me salvé raspando. Me revisaron, me palparon todo el cuerpo con el consabido pedido de documentos y malos tratos, y me dejaron ir. Salí todavía asustado y me fui a la terminal a tomar el micro, un lugar transitado y a plena luz pero sin embargo allí mismo hicieron un operativo, levantaron a todos los que estábamos esperando, nos metieron en un camión cerrado y fuimos a la comisaría. Todos en fila contra la pared, revisan los bolsos, la ropa, las cajas de herramientas de unos obreros bolivianos, nos gritan, nos separan primero en grupos, luego de a uno. Me quiero sentar, de puro enojado, y un oficialito chiquito y miedoso me da unos golpes con la porra de goma en las piernas. No es mucho, luego me manda a pararme en medio del patio, y me pongo a silbar “La Marsellesa”. En eso nos ponen a trabajar, a barrer la comisaría, trasladar cosas y vaya a saber qué más. Para lavar el enorme patio éramos tres, yo agarré la manguera, la enchufé, abrí el chorro de agua y silbando con todos los pulmones, me dediqué a llenar de agua las motos policiales.
No se dieron cuenta por ahora, pero igual me dejan encerrado hasta el otro día y cada vez que pasan golpean los barrotes con las porras y gritan amenazas.
Me sueltan al atardecer, y salgo por esas calles otoñales silbando otra vez “La Marsellesa”.

Cuarta Composición
- Vamos a hacer algo con música y fotografía, tal vez con algunas poesías... ¿Te animás a hacer los libretos?- Me dice Mike, el otro Miguel.
- Me gustaría, sería buena idea ¿Con quiénes vamos a trabajar?
- Están los muchachos del grupo “Amauta” que tocan música andina, quenas, charango y esas cosas, yo tocaría percusión con una amiga.
- ¿Cuándo nos juntamos todos así nos conocemos?
- El sábado a la tarde, en casa de Camilo.
- Bueno, nos vemos allá.
Salimos a sacar fotos, en realidad diapositivas color, porque el recital sería lo que llamamos “audiovisual”, con imágenes proyectadas sobre el fondo del escenario, mientras los músicos tocan. Todavía era la forma más barata de hacer proyecciones y teníamos alguna experiencia en eso, habíamos hecho uno que llamamos “Changuito quiere volar” a dos pantallas, con música grabada y foto sepia y blanco y negro. Componer cada una de las fotos llevó horas, salimos a buscar escenarios, armamos una imagen excepcional con Perla tocando el piano, iluminación de velas y un gran espejo de marco dorado. Para el tema “Kokena” hubo que producir un altar incaico en la montaña, luego una secuencia de embarazadas. Y muchos ensayos con los músicos.
Un par de fotos eran especiales. No podíamos dejar de arriesgarnos, el totalitarismo era un desafío, cualquier manera de reaccionar aunque fuese ingenua nos hacía recuperar la libertad, el sentido de dignidad. Hubo un par de tomas con un hombre desnudo en medio de la vegetación. Después de todo, la música también era una forma de resistencia, Inti Illimani era perseguido, Mercedes Sosa era perseguida, Los Olimareños, en fin, la lista negra es larga.
Estrenamos, el Teatro Independencia no se llenaría nunca, pero había mucha gente. Sobre todo, otros artistas, algunos de Markama, compañeros de teatro y periodistas. Para nosotros fue un éxito, primera vez que salíamos al mayor escenario de Mendoza. A la mujer de uno de los músicos no le gustó que pusiéramos las fotos del desnudo, era arriesgarse demasiado dijo. Siguió hablando durante todo el recital, se paró a mi lado mientras proyectaba las imágenes, caminaba inquieta, discutía con todos. El miedo era comprensible, la histeria no. Me increpó, me dijo que ella podría haberlo hecho mejor.
Esto tuvo efectos en el grupo, quedamos divididos, algunos accedieron a lo que la mujer quería. Les tiré las diapositivas por la cabeza, por supuesto que los encargados del teatro se enojaron... y ella terminó adjudicándose la razón.
- ¿Vieron? Era como yo decía, se iban a enojar. Ahora nos echan por culpa tuya.
Me volví caminando hasta mi casa, pensé que daría resultado, pero llegué más furioso y para colmo me cansé, hacía calor, me dolían los pies.
Fui hasta el tocadiscos y puse “El Cóndor Pasa” a todo volumen.
Pero la versión de Simon & Garfunkel, necesitaba vengarme.

Quinta Composición
Perla había estudiado piano, era su pasión y la ilusión de su familia. El padre los había abandonado, su hermano y su madre trabajaron duro para que ella pudiera estudiar, así le pagaron los mejores profesores, apostaron a su futuro de concertista que ya se podía vaticinar. Era rubia, de ojos muy celestes, igual a su madre gallega aunque ella decía que heredó todo de su padre polaco. La conocí ya casi alcohólica aunque excelente pianista. Comenzamos a pasear mucho, hablando, confiándonos cosas, logré que se entusiasmara en el proyecto de Amauta, que participara de las fotos, que ensayara algunas horas todos los días. Me quedaba junto al piano para que no perdiera el entusiasmo y sobre todo para evitar que siguiera tomando. Solamente mate y las tortas que nos hacía la madre, tan contenta. Así me fue contando cómo había comenzado a beber, cómo su familia también gravitó en la decisión de casarse con un tipo de plata, porque era tan bonita que podía elegir candidatos, y además tocaba tan bien el piano. Era un articulo de lujo, podía contar con ello para no padecer en el futuro, la pobreza asusta y el dinero da seguridad. El amor puede venir después, con los hijos. Perla tuvo dos.
Por algo no llegó el amor, pero se refugiaba en las clases de piano, y sin embargo hay cosas que no pasan desapercibidas para el instinto de las mujeres, por eso una tarde volvió repentinamente a su casa cuando los hijos estaban fuera, y....
- Lo encontré con otro hombre en la cama. Vomité, los dos allí, desnudos, en mi propia cama. Tuve un ataque, rompí cosas, no me acuerdo bien, fui corriendo a buscar los niños que eran muy chiquitos entonces y me refugié en casa de mi mamá. Ella no entendía nada, al principio parecía no creerme, discutí mucho, me encerré con los chicos y de repente vino la policía, el juez de menores, siguieron unos días terribles hasta que me separaron de mis hijos. Cuando terminó el juicio, yo resultaba culpable, me internaron por loca. Estuve un par de años en un hospicio y cuando salí comencé a tomar. Después es muy difícil parar. Salí con algunos hombres, no sentía nada, no me importaba nada. Algunas veces necesitaba plata para seguir bebiendo. Pero después pensaba en mis hijos y juraba que no lo haría nunca más.
La noche antes del estreno, Perla me esperaba como siempre para el ensayo, pero esta vez había preparado una puesta en escena. Tenía un vestido de noche negro, evidentemente de cuando estaba en mejores condiciones, un peinado muy cuidado, maquillada y rodeada de velas como cuando hicimos las fotos. Su mamá entró trayendo dos copitas de cristal con licor casero. Me hizo sentar junto al piano para dar vuelta las hojas de la partitura y comenzó a tocar la Polonesa Brillante. Impecable.
- Fue lo último que estuve estudiando. Hace ya diez años.
Me encantó, el mejor regalo.
Tuve que viajar un par de meses para rendir unos exámenes, y quedamos en vernos, pero no sé por qué no lo hicimos enseguida. Un sábado volví a sentarme a la barra de “A mi Manera”, aquél boliche de amigos, y allí la vi. Pudimos hablar un momento porque estaba acompañada, pero al día siguiente me llamó por teléfono y la invité a almorzar. Dormimos juntos, pero sobre todo hablamos, algo le había pasado y era que no pudo seguir haciendo fuerza, no podía explicarlo, se habían sucedido las circunstancias, se sintió sola y débil. Fue mimetizándose con una nueva amiga que le presentó algunos hombres, podía beber y divertirse, así se olvidaba de sus miserias y sus dolores y volvió a la botella...
- Sabía que habías vuelto, pero no podía mirarte a la cara.
- ¿Porqué? ¿No nos contamos todo? ¿Creíste que te iba a juzgar? De todas maneras, cuando te conocí estabas muy mal también.
- No, hice algo peor.
Le costaba hablar, la conversación rebotaba sobre las plantas, el clima, banalidades. Fui a la cocina, preparé mate, y después de unos minutos pudo arrancar.
- Estaba muy resentida, pensé que sería una venganza.
- Venganza ¿por qué?
- Porque no me llamaste más, te borraste así.
- Quedamos en que cada uno haría su vida como buenos amigos. Eso creí yo, que somos amigos y te quiero mucho como amiga. Sabías que podías llamarme, contar conmigo.
- Ahora no importa, me siento muy mal, sucia.
- No puede ser tan grave, si no querés, no me cuentes por ahora.
- No, no, necesito decírtelo porque quiero castigarme, quiero que hagas lo que te parezca, enojate, no sé... Caí en la misma trampa por la que estoy así hace años. Me vi a mí misma y sentí el mismo asco... quisiera que alguien me diga porqué hice lo mismo...
- ¿Me vas a decir de una vez?
- Despacio, me cuesta. Mi amiga conseguía tipos de plata para salir, siempre uno para cada una. Justo cuando me enteré que habías llegado, apareció con la propuesta de ir las dos a la casa de un viejo. Teníamos que hacer la fiesta los tres ¿entendés? . Mi amiga y yo y las dos con él. Cuando estábamos las dos desnudas, me vino a la cabeza lo que había visto en mi casa aquella vez. No pude dejar de tomar toda la noche. ¿Porqué lo hice?
- No sé, no soy psicólogo. Quedate conmigo si te hace bien, descansamos o escuchamos música, o salimos a pasear... quiero que te sientas bien y te calmes, ahora estás acá, sacate todo eso de encima y después que nos tranquilicemos volvemos a hablar.
Cuando desperté estaba solo, sobre la mesa de la cocina había un papelito: “Gracias por todo”
Fui a la discoteca, me costó encontrar algo de Chopin, pero al final puse el “Preludio de la Gota de Agua”. Era la tristeza pura.