martes, 9 de septiembre de 2008

PER SALTUM



Es casi obsesivo, pero en un escritor como éste las mujeres representan una parte fundamental de las historias, que se van pareciendo más a historietas. También hay una recurrencia un poco infantil en los paisajes, esas acuarelas tan provincianas con cerros agrestes, arroyos y noches cálidas y estrelladas. De un envión tropezamos con el pasado inmediato, como si casi cuarenta años no hubiesen transcurrido. El relato vuelve a una de estas casas con árboles y un pájaro que canta en las madrugadas (casi siempre una torcacita) y una ventana por donde se hace ver el sol. Con un caluroso rayo de luz en la cama que repta hasta la cara es imposible seguir durmiendo, aunque valdría la pena. Ella está muy cómoda, desnuda y blanca apenas la distingo de la sábana... bueno, no es real pero es muy poético, y uno está muy enamorado. Se da vuelta y siento rabia porque disfruta tanto del fresco del ventilador que a mí me hace toser. El mechón negro, el pelo rubio perdido entre las almohadas y el placer en la cara que duerme aunque el sol. No importa, total tengo que levantarme durante la noche para no despertarla con la tos. El cuerpo transpirado a pesar de una ducha tibia, la sensación de no haberla dejado satisfecha y la resignación a dormir en el sillón del otro cuarto, sin ventilador.
El autor vuelve a esta vieja ciudad al pie de la Punta de los Venados para buscar tanto tiempo después la piel de otra mujer. Pero no importa, la sensación de que mañana me va a doler la garganta no importa, es una mujer maravillosa y todo esto un cuento del que voy a despertar, como con un rayo de luz quemándome desde la ventana y el dolor en la garganta. Por la calle han pasado cosas, encuentro eso sí rostros viejos, rasgos viejos, relojes detenidos, traiciones a la melancolía en los recodos con yuyos, en los montoncitos de basura, decepciones que barre el viento con los papeles arrugados y que los nuevos hipermercados que parecen islas ofendiendo a la pobreza no pueden ocultar. Y ella descorre ese telón con la yema de los dedos cuando me trae un té con miel para que no me duela más, y me hace recostar otro ratito, dejando flotar el cabello sobre mí, apenas rozándome y no quiero entrar en sus ojos, porque no voy a poder salir. Sin embargo tengo miedo.
El tema de los terrores, o como dijeran los griegos, el pánico, también es reiterativo en este relato. Igual que en otros, pero acá estará ligado a las mujeres. Sin embargo, el mismo autor se ocupará de aclarar insistiendo si es necesario, que lo mejor de la memoria son las mujeres. Por eso en torno a ella las cosas giran, todas las cosas. Estos últimos días hemos tenido pocos momentos de vida social, pero han sido intensos. Y hemos tenido poco tiempo para vestirnos adecuadamente, de manera que descartamos usar ropas. Igual hace calor y debemos ducharnos a menudo.
Hay que notar a medida que avanza el discurso, que el narrador evita ir directamente al grano. Oscila y anadea en torno al tema de las relaciones con esta última mujer. Describe el clima, los detalles accesorios. Pero algo no está bien. Después de viajar de un mundo a otro, de cambiar tantas veces el destino y de haber sentado definitivamente los reales (o campamento, como sea) tendrían que verse superfluas muchas cosas, muchas cosas deberían estar claras. Acá no hay nada claro. Solamente tenemos entre los dos estos dos meses (¿ya dos meses?) de intentar una convivencia madura. Sin embargo pareciera que hay una sorda competencia. Una simpática competencia. Sin discusiones, sin enfrentamientos, eso es para los jóvenes. Se resuelve con humor. Con ingenio, con ironía. La ironía, ya se sabe, es a veces ácida; a veces dura, a veces mordaz... Son sólo instantes, hay mucho más para compartir que para separar. Están los momentos a solas con la música, a solas con un libro, comentando lo que leemos y recordando un poco de historia de lo que escuchamos revivimos momentos afines, son tantas las anécdotas con paisajes comunes. En última instancia hay un deseo lejanísimo que no logra revelarse. El narrador no aclara de qué se trata. En los silencios que los reúnen de vez en cuando hay alguna carencia inexpresada.
Tal vez sea ese vacío que tiende un puente inestable entre la buena cama que abandonamos esta mañana y que está reflejada en la poesía de hoy a la tarde, y la buena cama que tendremos por la noche, viendo y comentando una película que sabemos compartida por unos muy pocos trasnochadores como nosotros. No importa, total al cabo de unas semanas (¿dos meses ya?) la poesía queda inconclusa porque ella es urgente por la tarde, la película tiene mal sabor esa noche porque me duele la garganta a pesar del té con miel, y me acuerdo que la miel no me gustaba antes, antes cuando no tenía que dormir en el sillón, ni bañarme a cada rato, ni me desvelaba pensando si estaría satisfecha. Y justo cuando iba a dejar mi valija – quiero quemarla de una vez por todas, había dicho ella – justo en ese momento me quiso cambiar el perfume nacional que usaba. ¿Y de qué se queja? El que le compré era importado.
En esta parte del relato, el escritor olvida intencionalmente que la mujer mencionó alguna vez que durante doce años y seis meses había soñado con un hombre... Juntos descubrieron que este hombre era diferente, o que en todo caso poco a poco él demostró que no era el hombre soñado, porque ocupaba dos tercios de la cama para dormir. Claro, a mí me había empezado a gustar el olor de ella después que se iban los jabones y las cremas, y le fui tomando el gusto al contacto con la piel de su espalda porque si nos separábamos yo me daba cuenta que algo me faltaba.
Después ella decía que era fantástico sentir cuando él estaba adherido como un molde y comenzaba despacito a excitarse con el contacto, pero al terminar transpiraba y se levantaba para bañarse – período refractario, decía ella - y transpiraba por la tarde, y se levantaba demasiado temprano y.. cosa insólita, cocinaba. A ella le había fascinado que un hombre le cocinara, pero yo cocinaba con ajo. Entonces ella, como eran almas gemelas, decidió que se iría de viaje. Él, a su lado, ni se había enterado hasta ese momento, en que ella lo discutía con alguien por teléfono.
Fue cuando rescaté mi valija, la misma de cuarenta años antes, miré su cuerpo disfrutando bajo el ventilador, y poniendo mi cuerpo poco a poco lejos de esa sensación satinada fui despegando los trozos de mis labios. Igual no recuperé todo, pero había perdido importancia. El autor resuelve aquí ese deseo que se ha mencionado en el relato como algo misterioso. El deseo de libertad.
Ha pasado el tiempo y de vez en cuando se vuelve la vista atrás, en una canción, en una película, en un libro... pero a orilla del camino el paisaje está moviéndose y el tiempo y nueva gente y esas cosas pasan. Esto último es sabiduría popular.

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