miércoles, 10 de septiembre de 2008

SAN LUIS DE LA PUNTA




Me bajé de madrugada en Río Cuarto, al sur de Córdoba.
Mientras caminaba desde la estación hacia la ruta me iba tragando un horizonte perfumado de trigo y alfalfa, balidos y yuyos. Pero más allá se abría el escenario del cielo negroazulado, se perfilaban volúmenes espesos de sierras que a esa hora todavía parecían nubarrones o extrañas moles algo difusas. Hacia allá habría que ir, a quedar anclado en un amor serrano en San Luis del venado y de las sierras, en la paz y la calidez de las jarillas y las vertientes frescas; las nochecitas con guitarras y tonadas, las serenatas...
Faltaban unos años para mi concubinato con las verdaderas montañas, las de Los Andes, hasta que desde San Luis seguí el sol hacia el poniente y llegué a Mendoza, que es decir el Aconcagua, el Tupungato, los parrales, la música y la poesía y la gran pasión definitiva: el teatro.
Mientras llegara esa nueva partida, mis planes inmediatos eran trabajar y formar un hogar, como me aconsejara aquél comisario. La experiencia me sirvió, porque en un lugar donde el trabajo escasea y la mejor expectativa de los jóvenes es emigrar, logré ubicarme en una oficina. Era un trabajo tedioso, rutinario como pocos, pues se trataba de copiar con la máquina de escribir mecánica (que hoy pocos conocen ya) centenares y centenares de medidas y listas de detalles, cálculos, enumeraciones... desde las ocho de la mañana hasta las doce y desde las cuatro de la tarde hasta las ocho. Hacía lo que podía para alterar esta rutina, para no dormirme fatalmente con la frente metida en la máquina –cosa que sin embargo me pasó alguna vez- para hacer más llevadero el encierro. Por suerte el clima era bastante cordial y se me perdonaban muchas cosas, hasta que tomé prestado un vehículo de carga de la empresa y me fui un fin de semana de paseo a la sierra, todo un viaje de 400 kilómetros hasta Candelaria. Claro que el lunes no pasó desapercibida mi aventura. El gerente me llamó a su oficina y luego de retarme un rato largo, me dio el castigo que correspondía y que fue menos grave que echarme a la calle. Tendría que pintar una grúa de hierro. Pintarla completamente, a mano y con un pincel de una pulgada de ancho a lo sumo. Eso sí, de color amarillo.
La consecuencia inesperada de mi cambio de situación, de la cómoda oficina a escalar la grúa, fue que mis compañeros me vieron como indicado para ocupar un cargo gremial, y volví a la actividad sindical que me había valido la cárcel en Corrientes. Sin embargo habían cambiado las circunstancias y poco a poco también escalé posiciones en el Sindicato, llegando a ser unos de sus representantes hasta que las condiciones políticas del país se pusieron tórridas, cosa que en Argentina pasa con bastante frecuencia.
Estábamos en tiempos del último gobierno de Juan Perón interrumpido por la muerte del caudillo, y fue precisamente en momentos de su muerte que ocurrió un hecho que me apartó para siempre del gremialismo.
En San Luis se enfrentaban dos bandos absolutamente irreconciliables en lucha por el dominio de la CGT (Confederación General del Trabajo) en su seccional local. Uno de ellos, el oficialista, contaba con el apoyo de la dirigencia de los sindicatos más corruptos en el ámbito nacional, y por lo tanto se esperaba una intervención de sus matones armados en cualquier momento para inclinar la balanza provinciana. Una noche de julio, todas las noticias recibidas de boca en boca indicaban que la banda armada llegaría en ómnibus desde la ciudad de Río Cuarto. La CGT organizó entonces una estrategia de turnos para montar guardia en el edificio donde funcionaba la Mesa Directiva y contingentes de ayuda urgente en otros locales gremiales de las inmediaciones. A este servidor le tocó el turno de las diez de la noche en adelante.
Llegué a la hora que me dijeron y me encontré solo en el local, una vieja casa convertida en oficinas. Abrí con la llave que me dieron para eso, apenas me encontré en el edificio oscuro y vacío sentí el impulso de irme a dormir a mi casa, pero antes que resolviera hacerlo llegó otro compañero. Al poco tiempo, llegó un taxista que había sido avisado para que nos apoyara, y como era gigoló tenía un revólver. Menos mal, ahora uno de tres estaba armado. Un tiempo de espera sin novedades, sin llamados telefónicos, nada de nada. Por la calle iba pasando don Alvarez, un amigo entrañable que había sido presidiario y hombre de armas llevar, y que al ver nuestras caras de ingenuos sintió lástima y también se ofreció para ayudarnos. A los pocos minutos, uno de los miembros de la Mesa Directiva, un señor muy elegante de la Asociación Bancaria, llegó en su auto para preguntar qué necesitábamos, dejarnos unas empanadas para comer y un rifle calibre 22. Y se fue tan elegante como llegara.
Don Alvarez seguía pensando que éramos unos chorlitos, porque me dijo en un aparte en voz muy baja:
- Mirá pibe, yo ya no veo nada, pero vos apuntáles con el rifle a la cabeza así te asegurás el tiro. Después, si hay líos con la policía me pasás el rifle a mí...¿qué me van a hacer a mí?. Vos cuidate ¿eh?
Por suerte no hubo necesidad de tirarle a nadie, nadie apareció en toda la noche. Amigos y enemigos habían estado resolviendo sus diferencias en una comilona a mitad de camino entre Río Cuarto y San Luis, en un restaurante a orillas de la ruta. Los únicos que amanecimos de guardia fuimos Curly, Moe, Larry y Mickey Mouse.
De repente, Mickey Mouse se sube a un camión y se va.

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