miércoles, 10 de septiembre de 2008

MANERAS DE DOMAR UN CABALLO


- ¿Quiere armar?
- ¿Qué cosa?
- Digo si quiere armar un cigarro.
- Como querer, quiero, pero no sé ni agarrar el papel.
- Es fácil, usté pone el papel así, entre estos tres dedos ticó, agarra la tabaquera y con esta cantidá de tabaco está bien, después lo cierra con estos dos dedos, lo aprieta bien...
Don Regino va al paso en un zaino colorado viejo como él, y mientras lleva las riendas en la mano izquierda, como buen paisano, sujeta el papel de armar entre el pulgar y el dedo mayor de la derecha, le da forma con el índice, saca la tabaquera del cinto con la izquierda sin soltar las riendas y echa tabaco justo para un cigarrillo. Guarda la tabaquera, y siempre con la derecha únicamente, termina el cigarrillo, lo hace rodar entre los tres dedos y me lo pasa.
- Disculpe, che usté, lo ensaliva para cerrarlo, cada uno el suyo.
- Gracias... ¿Cómo lo hizo?
- Es ticó fácil, no tiene que soltar las riendas nomás.
Seguimos fumando, al paso del zaino y el tostado que me dieron a mí, grandote y de buen carácter. Era el caballo de tirar la tumbera cuando había que acarrear leña o bolsas de papas y maíz. Al pasar por un monte de naranjos me detengo debajo de un árbol para alcanzar algunas frutas desde el estribo, El tostado entiende perfectamente y se queda quieto.
- ¿Le regalaron nicó una yegua?
- Sí. Pero es potranquita y hay que domarla todavía.
- Será la estrellita, la oscura de la zaina, angá la yegua vieja.- Don Regino es medio guaycurú y mezcla guaraní cuando habla.
- ¿Se conoce todos los caballos de por acá?
- De Miriñay a Mercedes, todos. O’manó hace tantos años que trabajo ñan’dé
por acá por eso conozco todas las tropillas. Yo domé de joven angá de viejo ya no pude. Sus yeguas viejas ticó de San Juan las domé yo mismo.
- Debe ser difícil domar caballos.
- Ni difícil nicó ni tan fácil. Hay que saber nomás.
Si armar cigarrillos con una sola mano y a caballo le parecía fácil a don Regino, cómo sería domar, que no le parecía “difícil ni tan fácil”
- ¿Y usted me puede enseñar?
- No sé che. O’manó el muchacho, quiere aprender a domar. Bueno, nomás ponga ganas ticó, yo le puedo ayudar, che a usté con su yegüita vieja ticó.
- ¿Me va a explicar bien primero?
- Mire, agarra aité la yegüita bien temprano, cosa que esté medio dormida nomás. La cabresteamos en el corral para que no coma nicó ni tome agua hasta el mediodía, cuando hace calor. Está más manso a esa hora angá el animalito. Se le deshincha la panza.
- ¿Porqué?
- A la mañana los animales han comido pasto con sereno ticó, tienen la panza llena de pedos y se le va a aflojar su cincha vieja por abajo.
- Entonces la atamos en el corral...
- Y al mediodía está mansita angá pobre.
- ¿Entonces?
- La empieza a acariciar usté, che. Le pasa bien la mano, la soba ticó bien sobada y que vaya sintiendo el olor suyo mismo aité. Va a querer morderlo a usté, de seguro con su hocico. Ahí nomás me le pega con su mano abierta por el hocico a la yegua. O’manó, tiene que ir sabiendo que usté le manda a ella, pero despacio, de a poco.
- ¿Y después puedo subir?
- No, todavía no. Hay que seguir y seguir sobando y mientras sujetarle firme su oreja a la yegua. Le va bajando la cabeza aité me le pone el freno, la cabezada y las riendas.
- ¿Y ya está?
- ¡Oooo’manó! – Don Regino perdió la paciencia – Mejor mañana temprano se levanta, agarra ticó la yegua y ahí mismo aité le enseño.
Tuve el mejor maestro. No digo que salí domador, pero unos porrazos y revolcones a los dieciséis años no son nada, los huesos aguantan, aunque el culo, la entrepierna y los riñones griten toda la noche aité. Pude montar a mi potranca oscura con una estrella en la frente y cola salpicada de blanco. Don Regino ya era viejito y me tuvo mucha paciencia, considerando que yo era “el porteño”.

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