martes, 9 de septiembre de 2008

SANA SANA COLITA DE RANA


SANA, SANA, COLITA DE RANA

No es momento de contar esos años donde uno quiere recordar personajes, pero el enorme paisaje se los traga. Y tampoco es el caso seguir hablando del paisaje.
Pero de los primeros días en el pueblo me quedaron dos imágenes muy fuertes, podrían ser dos cortometrajes tal vez en blanco y negro, sin sonido. Solo esas imágenes.
Esos meses de invierno recién anunciado eran para mí una mezcla rara de esta América primitiva y retazos de Francia. Tenía un cartón de Gauloises que me había mandado el Julio desde París en manos de Adriana, hice fondue en la estufa de hierro de la casa de maestros y paté de conejo al vino blanco, una receta de Denis. En contraste estaban las noches que a partir de las seis de la tarde transforman todo en bloques de sombra y callejuelas solitarias.
Se siente la soledad. La primera secuencia en blanco y negro sería con el personaje arropado hasta las orejas en un gabán de corderoy, con un gorro de piel de liebre, caminando en este silencio hasta el único teléfono público para llamarla a Ella, todavía parte de su vida.
Un solo teléfono para esa charla y un amor a mil quinientos kilómetros de distancia. Ya sabemos que fue una charla que no duró.
Entonces tenemos el segundo guión para otra secuencia breve.
El personaje había escuchado hablar de La Ranita, y no sabía por qué la llamaban así.
Esta mujer aunque no es bonita, tiene una cabellera rebelde que le da aspecto salvaje, ojos de abandono y despide una fuerte sensualidad. El personaje hace tiempo que está en esta soledad de invierno donde son largas las horas de sentarse mirando el fuego y dejarse pensar para atrás. La Ranita no ha tenido suerte tampoco, parece salida de un tango, de la que todos hablaban, pero no la han querido bien. Como este guión es absolutamente previsible, ambos se encuentran. Tiene que ser en un baile del pueblo, alguna fiesta de triste alegría, con guirnaldas y música de acordeón. Un rincón con una botella de vino y confidencias. Una casa desolada de mujer y otra botella de vino. Esa cosa desesperada que no se finge, que no es amor pero se necesita y une y abraza. No desaparece el frío. Una boca jugosa, amebas rojas adheridas con hambre al ariete erecto. Pero es otro hambre, y es todo blanco y negro. Como la cabellera revuelta inmanejable sobre el vientre blanco del personaje. Como la escena de penetración deseando ser poseída, deseando sentir al límite, donde está de nuevo el Julio narrando cómo la dobla desde atrás, cómo le hinca la mano sobre la espalda para que haya más violencia que no es violencia, es desolación. La sodomiza como a un muchachito - dice el Julio – apretando las ingles animales contra las nalgas redondas. Blanco y negro y silencio. Las ranas copulan por detrás, las cuatro patas abiertas, los dedos clavados y las pieles mojadas.
Por la mañana ese saber que es despedida, que la soledad estuvo allí, en cada uno. La Ranita no quiere que se vaya, no quiere que los vecinos lo vean salir. Quiere preservar aunque sea esto. Alargar la ilusión, que no es mentira. Se necesitan, el personaje cree que no debe irse aunque fue despedida. Apenas vuelve, La Ranita exige que se desnuden, que jueguen, que se bañen juntos, que descorchen otra botella. Se pinta los labios de rojo pasión, se arrodilla, exige, van a la cama, se monta sobre él en revancha... pero la pasión se despinta, la piel siente el frío que viene de un recuerdo.
Ya es de noche y el personaje puede irse, nadie lo verá. Son lindas las calles de noche y hay nieve. Los Gauloises son para fumarse uno solamente después de hacer el amor. Hoy los Gauloises quedan intactos... esperando.

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