martes, 9 de septiembre de 2008

OTROS TRABAJOS


Había que seguir ganándose el pan después de la decepcionante aventura de Ranchillos. Una empresa de turismo organizó una selección de aspirantes a guías para viajes desde San Juan y Mendoza a Cataratas del Iguazú. Era mi gran oportunidad, baqueano como era en aquellas tierras guaraníes. Y así fue, al cabo de una semana estaba bordo de un ómnibus cargado de turistas sanjuaninos y mendocinos rumbo a Santa Fe, Chaco, Corrientes y de allí a Foz do Iguazú, en Brasil, pasando por Paraguay.
Sería la primera vez que mi espíritu trashumante me iba a deparar algún beneficio económico y me sentí lleno de energía, dispuesto a cumplir mi rol.
La primera decepción llegó luego de pernoctar en Santa Fe.
Aunque nos alojamos en un hotel lujoso, con la mejor comida y el mejor servicio, comencé a ver el perfil mezquino de mis compañeros de trabajo, dos choferes y una azafata que tendría que entrenarme en este primer viaje a ciegas. Los chistes y entretenimientos que teníamos que ofrecer a los pasajeros como muestras de “ingenio” estaban destinados a “divertirlos” y eran terriblemente aburridos, reiterados, previsibles. En la primera ciudad que visitamos, levantaron de la cama a todo el mundo casi de madrugada, tiempo pautado para el desayuno, recorrida por el centro histórico y edificios famosos, tiempo pautado para hacer compras en locales cuya lista les dieron de antemano, almuerzo al estilo campamento militar (buena comida, eso sí) y recorrida por lugares pintorescos de la orilla del río Paraná, cena en tiempo... también pautado, breve salida nocturna a lugares ya establecidos y a dormir, que mañana se madruga.
Este plan se repitió en Corrientes con menos posibilidades porque es una ciudad más pequeña y hubo que salir inmediatamente para Asunción, previo paso fugaz por Chaco y Formosa que apenas se vieron desde la ventanilla. Mis compañeros veteranos hacían cada vez más de las suyas, esquilmaban a los turistas con las compras “a comisión”, mantenían largos diálogos llenos de anécdotas burlescas hacia brasileños y paraguayos o hablaban de sus competencias sexuales con prostitutas de paso. Ya me estaba cansando.
Por suerte, en Asunción me hice muy amigo del conserje del hotel y me pasé dos días de charlas muy interesantes con este señor paraguayo, que finalmente creyó que yo era compatriota suyo radicado en Argentina. En Brasil fue gran escándalo cuando los mendocinos y sanjuaninos descubrieron que la carne que se les servía era de cebú, lo que dio lugar a un episodio desopilante cuando finalmente vieron un ejemplar y exclamaron casi todos:
- Pero ¡Es una vaca!
También causó sensación y una sorpresa hipócrita ver a travestis y transexuales trabajando a ojos vista en las calles y ciertos locales nocturnos, cuando en realidad en la noche mendocina ya hacía tiempo que eran moneda corriente.
Comenzó el regreso desde Foz do Iguazú y ya mi tolerancia era igual a cero. Las bromas de los choferes eran cada vez más pesadas y de peor gusto, casi agresivas a veces. Una señora muy gorda que viajaba cerca de mí se dormía y se tiraba pedos, unos recién casados que habían celebrado su luna de miel con este viaje, se peleaban cada vez peor porque ella sospechaba que él no pudo resistir la curiosidad de saber cómo era un travesti y según el marido se había pasado solo casi toda la noche en el casino. Bueno, solo y en el casino era lo que afirmaba. Me trasladé al fondo del ómnibus donde viajaba una pareja madura, eran del sur y habían mantenido su independencia en medio de todo este circo. Allá atrás se podía mantener la calma y conversar algo interesante, pero mi actitud motivó reclamos de los choferes y de la azafata porque supuestamente yo había abandonado mis deberes. A medida que nos acercábamos al punto de regreso el tiempo se hacía más urgente, había que cumplir los horarios, se acabó el paseo. Junto con esta urgencia crecía la diferencia del “equipo de trabajo” que nuca fue equipo, las bromas se hacían más pesadas.
En una parada durante la última noche, tomando algún trago fuerte, llegaron a la falta de respeto y yo, que estaba prendiendo un cigarrillo, sin medir el gesto le eché el fósforo encendido al más agresivo en el bolsillo del saco.
Bueno, este fue mi primer y único viaje en calidad de guía de turismo experto en el litoral argentino, y el comienzo de mi partida de Mendoza. Regresaría a San Luis, pero ya tenía proyectos, sueños y amores con el teatro.

HOY FUNCIÓN


Meses después de mi vuelta a casa comenzó la guerra de Malvinas. Como todos saben, un general borracho de los tantos que gobernaron mi país un día se levantó con ínfulas heroicas. La guerra de Malvinas fue, en 1982, una tragedia estratégica que brindaba a la dictadura militar la posibilidad de crear un frente externo que le mantuviese a la cabeza de un pueblo desinformado y sojuzgado pero que ya comenzaba a movilizarse.
El primero de abril estaba en una función de teatro, en la sala Augustus de la Asociación Italiana. Al terminar, me encontré con un periodista de Radio Nacional del cual sospechábamos que formaba parte de los servicios de inteligencia, que se retiró con mucho apuro mientras alcanzaba a decirme:
- Esta noche estamos de guardia en la radio, nos han ordenado que cubramos las veinticuatro horas con personal completo, nadie sabe porqué...
Fue esa madrugada que se produjo la invasión a las Islas Malvinas, supuestamente ordenada por aquél general borracho. Y sin embargo, el mismo pueblo que una semana antes había llenado la Plaza de Mayo en una gran movilización que fue reprimida a balazos, volvió a esa misma plaza y otras de todas las ciudades del país en apoyo de la aventura que nos costó la sangre de nuestros jóvenes para nada.
Y a pesar de tanta locura, había que hablar en voz baja, sólo con conocidos de confianza, porque cualquier comentario crítico podía costar muy caro. Habían sido años de aislamiento y desconfianza y ahora se agravaba aún más este sentimiento de abandono.
Por suerte yo tenía un refugio, había fundado el Taller de Teatro de la universidad y el grupo era bastante homogéneo, jóvenes inquietos, con ganas de informarse, de expresarse, de ser libres. Habíamos puesto en escena obras de autores prohibidos que figuraban en las listas negras de la intervención militar, algunos estudiantes se apartaban de nosotros comentando en voz baja que éramos “raros y comunistas” o en el mejor de los casos “demasiado liberales”. Finalmente nos echaron de la universidad, como es lógico.
El grupo tuvo un breve paso por una sala muy poco teatral. Conocí al dueño de un cabaret, un lugar pequeño que funcionaba en el primer piso de la Asociación Española, en Colón y Bolívar. Viernes, sábados y domingos funcionaba toda la noche con la típica mezcla de parroquianos de estos antros. Había borrachines simpáticos y de los otros, bohemios, chicas desprejuiciadas, principiantes curiosas, prostitutas y fauna nocturna variada. Allí nos ofrecieron un refugio donde podíamos ensayar piezas de café concert de lunes a jueves y montarlas los viernes de nueve a once de la noche. Nos pusimos a trabajar y se pudieron hacer varias piezas breves, casi todas con humor político.
Entonces encontramos en los directivos y profesores de la Alianza Francesa un apoyo providencial, y comenzamos a trabajar en ese edificio, pese a las miradas de reojo de muchos “progresistas” que hoy son fervientes demócratas y referentes de la cultura de San Luis. En conjunto con Marie Noelle Delcroix y Denis Malinowsky hicimos los libretos para un espectáculo de celebración del 14 de julio, inspirados en “1789” de Arianne Minoushkin. Para eso vimos la película filmada en la Cartoucherie de París hasta cansarnos. Fue un año muy intenso, por las noches, luego de los ensayos y hasta que me quedaba dormido sobre un colchón puesto allí mismo, trabajaba en la confección de vestuario, utilería y muñecos. La puesta en escena sería en la plaza principal de la ciudad, Plaza Pringles y estaba previsto que el público participara conducido por varios actores que eran los “sans culottes” de aquél París revolucionario. Era la mejor oportunidad, julio de 1984, el gobierno democrático había asumido en diciembre del año anterior y había urgencia por sacudirse diez años de dictadura. En torno a la plaza hay edificios de gran valor histórico para el pueblo de San Luis, la Catedral, el Colegio Nacional y la Escuela Normal de Maestras. El estrado que representaba los Estados Generales, donde Dantón y Robespierre tendrían que decir sus discursos, estaba precisamente frente a la Catedral en un gesto muy teatral de desafío al obispo de San Luis, que se declaraba lefebvrista y colaborador de la represión militar.
Se hizo la representación y como habíamos previsto, el público ocupó la plaza, desplazándose por los diferentes escenarios que representaban episodios de la Revolución. Los participantes, unos cuatrocientos, incendiaron con gran entusiasmo una Bastilla de escenografía construida con cañas y cartón, armaron una bandera de nueve metros de largo con la cual cruzaron la plaza cantando a gritos, y con gritos celebraron párrafos de los discursos de los próceres. Marianne corría de aquí para allá animando a la gente, los “sans culottes” distribuían antorchas y gorros frigios. Entonces el obispo mandó tañer las campanas en las torres y tuvimos una verdadera confrontación entre aristócratas y ciudadanos.
Desde que comenzamos con el proyecto, Ella me acompañaba y estuvo a mi lado hasta que me quedé dormido, agotado, casi en cuanto terminó la función.

ELLA




Nos encontramos en el curso de conversación que se dictaba en la Alianza, martes y jueves a partir de las veinte. Yo todavía ensayaba en el cabaret las piezas de café concert, Ella era profesional recién recibida en la Universidad y estrenaba su personaje de profesora seria y muy ocupada. Mario y Denis se dieron cuenta de algo, o tramaron algo, porque arreglaron de manera que nos sentamos juntos, Ella y yo. Desconocía absolutamente todo sobre el teatro, pero se mostraba muy interesada en saberlo todo, quería ver las obras que se estuvieran representando. Y a mí me gustaba muchísimo, no sé por qué. Me gustó de entrada, eso sí, sin embargo...
- ¿Qué te parece la compañerita?
- No sé, Mario, estas profesoras universitarias tienen unos humos... ¿Viste el tapado de piel?
- Y, bueno es el estilo. A mí me gusta porque se ríe todo el tiempo, le pone buen humor a la clase.
- Es una manera de llamar la atención. Me parece como cualquier otra...
Era bajita, con una cara de chiquilla que de vez en cuando fruncía como si tuviera terribles enojos. A pesar de su alegría, su boca tenía un ligero gesto, algo intangible como de tristeza.
- No me termina de caer, Mario... pero qué buenas tetas tiene.
- ¿Viste? Algo te atrae, es de las rellenitas como a vos te gustan.
- Pero...
Ni peros ni nada, yo tenía miedo de que me rechazara, me estaba armando por las dudas. Las noches de invierno en San Luis son hermosas, muy frías pero hermosas. A la salida de clase Mario y yo como perfectos caballeros la acompañábamos a tomar el colectivo, empecé a tener más cuidado al vestirme para ir a la Alianza, nunca lo iba a reconocer, pero quería estar a su altura, quería verme elegante. No sé si lo habré logrado. Poco a poco comenzamos a charlar más seguido.
- Hoy está helando.
- Sí
- ¡Cuantas mujeres me estarán haciendo mal de ojo! Me doy el lujo de ir a esta hora con dos hombres...
- Y.. Sí.
- Bueno, ¿Cuándo me vas a invitar a tomar un café?
Me quedé mudo y Mario largó la carcajada. Era de atreverse la chiquita. Enseguida, en el café de la plaza, le confesé que jamás hubiese pensado que yo le podía interesar, que al principio ella me causaba cierta irritación, ella me explicó eso de los miedos, que ella también tenía mucho miedo, que quería conocerme más porque yo era un bicho curioso, yo le dije que entonces era simple curiosidad profesional (era psicóloga), ella me dijo que no, que estaba conociendo gente linda, que para eso empezó el curso de francés conversado, que se aburría estando siempre con sus compañeras y luego que hablamos de nuestras respectivas vidas, me dijo
- ¿Te das cuenta? Por eso tengo inseguridades, conozco un tipo interesante y resulta que sos inestable, te gusta andar de aquí para allá. Estoy protegiéndome pero me gusta el desafío.
Muchos cafés, muchas noches hablándonos nuestras cosas. Que había tenido un amor de estudiante que se ahogó en el lago, que conoció un par de tipos superficiales, que los hombres de San Luis son machistas y aburridos.
- Y si siempre saliste con tipos tan diferentes a mí, te gustaban cosas tan lejanas a mí... ¿Porqué me elegiste?.
- No sé, esas cosas nunca se saben. Pero a veces me mirás de una manera que me pone extraña, me dan ganas de reírme, saldría disparando y al mismo tiempo me gusta.
- No me doy cuenta cómo te miro.
- Y.. Como un lobo.
Nos reímos, nos reímos mucho, jamás me habría visto a mí mismo “como un lobo”, pero estábamos en confianza.
- Debe ser cuando te miro y pienso en el sexo.
- Eso es, tenés mirada lujuriosa.
Como era psicóloga hablamos de sexo con gran libertad, las psicólogas pueden hablar de sexo profesionalmente, tomar distancia.
- ¿Y si te quedás conmigo esta noche?
- No, todavía no, quiero conocerte mejor. Todavía estoy en mi fortaleza y hay cocodrilos en el foso.
- ¿Son muchos?
- Ya quedan pocos. Tenés que hacer un esfuerzo.
- ¿Desconfiás de mí?
- Claro, desconfío de la situación.
Total que volvimos a tener esta conversación luego de una cena maravillosa en casa de Mario, con buenos vinos, sobremesa, un fuego encendido en la estufa... Mario y Adriana se fueron a dormir y quedamos dueños de la estufa y la alfombra. Yo tenía un hermoso traje azul, muy formal. Ella estaba preciosa con esa pollera con un tajo, un buen escote que lucía uno de los atractivos más grandes de las mujeres: el canal de la sensualidad entre los senos. Nuestro primer orgasmo juntos fue con este vestuario, sin tiempo para desvestirnos del todo, ni siquiera apagar algunas luces, nada. Fue el descubrimiento de nosotros mismos como partes de uno solo, que no podíamos funcionar separados. Teníamos que juntarnos, complementarnos, completarnos. Y surgieron más orgasmos, crecientes, unísonos. Simples orgasmos, momentos de calma para sentir que había algo apareciendo desde adentro, desde las vísceras, desde el latido del corazón. Calma para disfrutar tocarse, sentirse, para que las pieles se extrañen y se necesiten, hablar de nuestros cuerpos y nuestro sexo, naturalmente sentir que tenemos que estar de nuevo uno alrededor del otro, uno debajo del otro, uno saboreando al otro, uno tomando al otro. Hablando. Ella necesita decir en mi oreja lo que hace conmigo. Disfruta cuando me cuenta que siente mi semen derramarse, y gozo cuando le digo que me encanta saborearla, que quiero penetrarla. No hace falta razonar, nuestros cuerpos deciden, todo sucede. Descubrimos que nos gusta despertar enchufados, insertados, unidos, intercalados.
Entre dos cultivamos años de energía positiva. Ella me impulsaba a competir, a mejorar, a ofrecerle mis logros como un caballero andante de las novelas, que vuelve de batallas fantásticas con dragones verdes.
Una época fecunda, escribí, monté muchas obras de teatro, hice proyectos. No me daba cuenta que todo esto seguía asustándola. Esa contradicción entre lo que la atraía y la inseguridad. Yo estaba mareado por esta droga y la estaba consumiendo. Mientras preparaba la puesta en escena de la Revolución Francesa, ella estaba conmigo. Hacía un alto en la pintura de la Bastilla y nos tirábamos allí, en el taller, y sentíamos algo salvaje en el deseo de mordernos, de estar en ella como fuera, y en ese mismo momento. Entre el olor de las telas recién teñidas y los cabezudos todavía frescos, me llegaba el olor de su entrepierna que comenzaba a humedecerse y no podía evitar simplemente levantarle la pollera y quedarme allí, la “petite morte” repetida en glissando de vagidos que recomienzan. Interrumpía el trabajo a las cuatro, cinco de la madrugada, nos levantábamos apenas con tiempo para ir a mi empleo rutinario, nos bañábamos juntos y partíamos riéndonos de todo, con el sol asomando.
Un día Ella tuvo que irse antes, yo quedé desparramado en la cama, agotado, marioneta de trapo. Entonces en lugar de besarme en la boca, me besó ese pobre muñeco fláccido. Y se hizo una costumbre. Otro día de calor y transpiración nos levantamos desnudos. No había que ir a trabajar, y nos quedamos el día entero desnudos. Ella se puso sus medias negras de red, con ligas rojas.
- Me gusta poder ser tan puta con vos- Dijo, y se hizo una costumbre.
Comenzamos a hacer planes, queríamos vivir esta locura todo el futuro. Yo me sentía capaz de cualquier cosa, necesitaba más campo de acción, un mejor trabajo que no fuese ese cansancio de todas las mañanas en una oficina, una nada de siete a trece por un sueldo miserable. Sentía que con Ella podía ganarme la vida otra vez en el periodismo y el teatro. Así completaba lo que yo era con Ella.
Por segunda vez, apareció la Patagonia. Varios años antes me habían ofrecido un trabajo administrativo en la construcción de El Chocón, que iba a ser la represa más grande de América por ese entonces. Era otro trabajo en una oficina, y no me fui.
Ahora, recién nacida la democracia, en una provincia llamada Neuquén el nuevo gobierno estimulaba la cultura, acogía artistas, todo era nuevo o estaba por hacer. Y allá nos fuimos unas vacaciones, a ver que pasaba.
Bueno, bah, conclusión de todo esto. Yo me quedé en Neuquén. Ella, en San Luis. No hubo razón para sus miedos. Sí para los míos.
Ahora puedo festejar que ese amor que vivimos 786 días, lo llevé conmigo durante quince años y me sirvió de algo: sentí que Ella me amaba, y eso lo cambia a uno.

VIAJE SEGÚN JULIO


- Y así es como viajan los cronopios. Un día alguien avisa que hay un paquete en la aduana. Uno va a la aduana y de golpe las dificultades crecen, hay que llenar formularios, explicar que no está enfermo de cólera (el paquete ¿pero quien lo prueba, si para empezar nadie sabe lo que contiene el paquete?). Para probar que no hay cólera ni una bomba habría que abrir el paquete, pero el paquete no puede ser abierto hasta que se haya comprobado que no tiene microbios de cólera o medio kilo de dinamita. Todo el mundo grita, llora, insulta, vuelva mañana, no vuelva nunca, esto no es vida.
- - La gran sorpresa para mí fue que la gente de mi edad, de mi generación, no entendió nada. Las primeras críticas de Rayuela fueron indignadas. Ni entendieron Historias de cronopios y de famas. Por supuesto no entendieron nada. Pero Rayuela cuenta más para mí en cierto sentido que los cronopios
La batalla en esta parte de América había terminado y nos habían derrotado en las islas Malvinas. Creíamos en esa democracia recién nacida, débil y llorosa que ensuciaba pañales. Podíamos hablar de Julio Cortázar, nos creíamos ganadores, los medios de comunicación convocaban nuevamente periodistas, se acabó la prohibición para los discos de los Beatles y El Principito se había regenerado.
La búsqueda siguió hacia el sur, ya no me acompañaban más que mi mochila y mis libros, Ricardo y Julio habían partido, pero había un montón de mocosos naciendo y creciendo por ahí.
- Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.

HACIA EL NORTE DEL SUR



Ciudad extraña Neuquén.
Se viajaba en varios tramos, era difícil llegar, más difícil salir. Muchos jóvenes de todo el país buscaban en la Patagonia una solución a la falta de oportunidades que les cerraba puertas en las provincias conservadoras del norte, o escapaban de ciudades cada vez más pobladas en el litoral.
En ómnibus hasta Río Cuarto era desandar un camino hecho veinte años antes, y de allí torcer de manera metafórica y literal hacia el sur. Cambiar valijas y petates. Otro ómnibus que comienza a cruzar La Pampa. Horizontal, plana, interminable.
“Inmenso piélago verde donde la vista se pierde sin tener donde posar” Eso decía Martín Fierro.
Por las ventanillas pasaban algunos árboles aislados, vacas durmiendo, vacas comiendo, vacas amontonadas, caballos y potrillos.
Pasa el mediodía viajando.
En la siesta calurosa uno desearía ser una vaca, comer y dormir tirado a la sombra. Pero imposible ni siquiera estirar las piernas. En el otro asiento, dos jóvenes maestras hablan fuete, hacen planes de cómo será su vida allá, en esta mítica Patagonia, de la cual ninguno de estos inmigrantes modernos sabe nada. Imaginan cuanto vana ganar, y, seres urbanos al fin, cómo serán los fines de semana con libertad, sin sus padres vigilando. Divertirse, divertirse, salir a recreo a jugar.
Hay que ver cómo cambia todo cuando empieza la barda patagónica, pero llega la noche y las ventanillas son pozos. De repente se ilumina el horizonte con cañoneo de artillería. Una batalla naval a gran escala, el desierto se inaugura para los viajeros con una tormenta eléctrica bien patagónica. Extraña sensación, ir a esa velocidad por un tubo oscuro donde apenas brillan unos foquitos colorados. La mayoría duerme o lo intentan, los cañonazos se escuchan apagados, el ruido del motor es monocorde y crispa un poco los nervios. Empeora la situación un video que ponen para distraer al pasaje, solamente logran despertar a los pocos durmientes. Más y más bardas, que al amanecer ya se pintan de rojizo tierra y verde jarilla. Seguimos dentro del tubo de lata, avanzando hacia el sur. Los nuevos miran las bardas más altas, allá al oeste donde se ven más rojas encendidas por el sol naciente. Algunos piensan que ya es la cordillera, Neuquén está asociada a la cordillera y al petróleo.
Llegando a la terminal de ómnibus, confluyen los ríos que vienen de La Rioja, San Luis, Entre Ríos, Buenos Aires, La Plata y sobre todo, desde Chile. La Patagonia se fundó sobre los tehuelches primero, que fueron invadidos por los mapuches chilenos después, desplazados por los petroleros y latifundistas que trajeron mano de obra barata de Chile, todos expoliados por políticos corruptos que explotan a los electores inmigrantes y la miseria del norte. El último aluvión viene de nuestra empobrecida clase media de provincias.
Desde la capital, al día siguiente otro viaje a Zapala, a mitad de camino hacia la verdadera cordillera, la de los pinos y los lagos. Otro tramo en el colectivo que maneja “El Murciélago”, un veterano de caminos de cornisa con hielo o nieve que anda a los tumbos, desconoce el apuro y es tan cómodo como viajar en carreta, pero que jamás se ha quedado en el camino ni ha dejado de llevar a nadie, personas o equipajes.
Desde las dos a las seis de la tarde de la tarde traqueteando, subiendo cerros, bajando cerros, cruzando torrentes, bordeando paredones de nieve para llegar a destino: Aluminé.
No se imagina uno cuando lee que los indios se cubrían el cuerpo con grasa de potro, lo que es pasar esas cuatro horas en el colectivo cerrado, con calefacción y algunos vecinos que han usado ese método. Los libros hablan en pasado, como si fuese historia vieja. El olor nos acompaña hoy, aquí.
Uno se acostumbra. Después pensamos que se juzga desde la vida cómoda, con agua caliente y estufas a leña prendidas todo el invierno. Pero ¿quién quiere bañarse con agua de deshielo, bajo el techo cubierto de nieve y apenas unas brasas para calentarse?. Empezaba la convivencia con estas cosas que la mayoría de los recién llegados ni siquiera imaginaba, esto es la realidad.
A pesar de haber conocido lugares con misterio, como los esteros correntinos o la sierra de San Luis, esto era todo sorpresas. El túnel que nos traía por la pampa y cruzó Neuquén y Zapala con pocas variantes, acá era un túnel hacia esa otra historia, todavía no resuelta. La verdadera Patagonia me entraba por los ojos, la piel y el olfato de manera violenta aunque apagada. Igual de agrestes las montañas y la gente.
Pinos de acá, que sólo pueden ser de estos lugares donde todo es áspero. Las araucarias no son esos pinos de postal navideña. Son pinchudas, rígidas, atormentadas, desgarradas. Allá abajo, el valle del río y apenas unas pocas luces que indican que llegamos al pueblo.
Bajar del colectivo, dejar los bártulos en el correo, único lugar accesible por el momento, y salir inmediatamente a caminar. Caminar, tomar contacto con la tierra, dejar que los ojos se impriman con todo eso para después digerirlo. Imágenes, sonidos –hachazos, balidos, ladridos- y siempre el olor.
El bah’í allá en Corrientes, tiene también su olor particular, como todos los paisajes. Es olor a mar rancio, a vegetación fofa, a orines de animal en celo. La sierra norteña tiene olores secos, de matorrales duros, de corral de chivas, de leña colorada de algarrobo o molle.
Todo eso está guardado en esta película viva, junto al olor de la cordillera en invierno empapado de humedad, de nieve.
Los colores se azulan.
Es algo que no se ve claramente, lo denuncia la cámara fotográfica. Casi toda la mañana, y poco después de mediodía, el ambiente se tiñe de azul, como una lente delante de los ojos. Los sonidos también suenan apagados. Todo parece distante y algodonoso en invierno. Y lo más hermoso es andar de noche, así empezó mi convivencia con el pueblo y el paisaje. Una noche.

SANA SANA COLITA DE RANA


SANA, SANA, COLITA DE RANA

No es momento de contar esos años donde uno quiere recordar personajes, pero el enorme paisaje se los traga. Y tampoco es el caso seguir hablando del paisaje.
Pero de los primeros días en el pueblo me quedaron dos imágenes muy fuertes, podrían ser dos cortometrajes tal vez en blanco y negro, sin sonido. Solo esas imágenes.
Esos meses de invierno recién anunciado eran para mí una mezcla rara de esta América primitiva y retazos de Francia. Tenía un cartón de Gauloises que me había mandado el Julio desde París en manos de Adriana, hice fondue en la estufa de hierro de la casa de maestros y paté de conejo al vino blanco, una receta de Denis. En contraste estaban las noches que a partir de las seis de la tarde transforman todo en bloques de sombra y callejuelas solitarias.
Se siente la soledad. La primera secuencia en blanco y negro sería con el personaje arropado hasta las orejas en un gabán de corderoy, con un gorro de piel de liebre, caminando en este silencio hasta el único teléfono público para llamarla a Ella, todavía parte de su vida.
Un solo teléfono para esa charla y un amor a mil quinientos kilómetros de distancia. Ya sabemos que fue una charla que no duró.
Entonces tenemos el segundo guión para otra secuencia breve.
El personaje había escuchado hablar de La Ranita, y no sabía por qué la llamaban así.
Esta mujer aunque no es bonita, tiene una cabellera rebelde que le da aspecto salvaje, ojos de abandono y despide una fuerte sensualidad. El personaje hace tiempo que está en esta soledad de invierno donde son largas las horas de sentarse mirando el fuego y dejarse pensar para atrás. La Ranita no ha tenido suerte tampoco, parece salida de un tango, de la que todos hablaban, pero no la han querido bien. Como este guión es absolutamente previsible, ambos se encuentran. Tiene que ser en un baile del pueblo, alguna fiesta de triste alegría, con guirnaldas y música de acordeón. Un rincón con una botella de vino y confidencias. Una casa desolada de mujer y otra botella de vino. Esa cosa desesperada que no se finge, que no es amor pero se necesita y une y abraza. No desaparece el frío. Una boca jugosa, amebas rojas adheridas con hambre al ariete erecto. Pero es otro hambre, y es todo blanco y negro. Como la cabellera revuelta inmanejable sobre el vientre blanco del personaje. Como la escena de penetración deseando ser poseída, deseando sentir al límite, donde está de nuevo el Julio narrando cómo la dobla desde atrás, cómo le hinca la mano sobre la espalda para que haya más violencia que no es violencia, es desolación. La sodomiza como a un muchachito - dice el Julio – apretando las ingles animales contra las nalgas redondas. Blanco y negro y silencio. Las ranas copulan por detrás, las cuatro patas abiertas, los dedos clavados y las pieles mojadas.
Por la mañana ese saber que es despedida, que la soledad estuvo allí, en cada uno. La Ranita no quiere que se vaya, no quiere que los vecinos lo vean salir. Quiere preservar aunque sea esto. Alargar la ilusión, que no es mentira. Se necesitan, el personaje cree que no debe irse aunque fue despedida. Apenas vuelve, La Ranita exige que se desnuden, que jueguen, que se bañen juntos, que descorchen otra botella. Se pinta los labios de rojo pasión, se arrodilla, exige, van a la cama, se monta sobre él en revancha... pero la pasión se despinta, la piel siente el frío que viene de un recuerdo.
Ya es de noche y el personaje puede irse, nadie lo verá. Son lindas las calles de noche y hay nieve. Los Gauloises son para fumarse uno solamente después de hacer el amor. Hoy los Gauloises quedan intactos... esperando.

A LA CIUDAD


Extraña ciudad Neuquén.
De todas maneras, hay que volver a la ciudad por extraña que sea. Han pasado varios años, y tal como algunos sanatorios aristocráticos del siglo pasado, el aire de montaña me ha curado las dolencias, he podido comenzar de nuevo. Vienen conmigo mi mujer y dos hijas hermosas. La mudanza de por sí, no puede dejar de ser un acontecimiento, se realiza de la manera como se ha desarrollado esta historia. Viajo en el colectivo con una cantidad de bártulos – ya dije que no dejaban a nadie a pie – y luego llegarán las nenas con su madre en una camioneta que trae otro poco de cosas, lo mínimo indispensable. En Aluminé quedarán muebles y cajones, algunos para siempre. Pero lo más importante, unos meses después llegan mis libros, varias cajas. Por cinco años casi abandoné el teatro, y ya me reclamaba nuevamente, se habían acabado los Gauloises, pero el Julio seguía fumando en mi mochila y los primeros trabajos en el escenario improvisado en el sindicato de empleados judiciales van a ser cinco cuentos de Cortázar. Eran un montón de jóvenes que querían actuar, que vivían la misma pasión, trabajaban con entusiasmo, con mística y junto con la lectura de la obra de Julio se iba recuperando la memoria que a los 18 o 20 años estaba sepultada por nuestra oscura historia reciente. La Argentina del siglo veinte no recuerda héroes, sino sus propias víctimas saturnales. En los ensayos se recupera el jazz, la lectura, la discusión, la fe en los sueños. Con frío de galpón de chapa en invierno, con calor en verano que nos obliga a regar el piso de cemento para poder caminar descalzos y por las noches a tomar cerveza o vino y seguir discutiendo en el “Quitapenas”. Volvían a reunirse escritores, plásticos, músicos. Volvían de mi pasado voces y personajes. El conjunto “Pachamama” haciendo música andina como antes había sido Amauta, encontré a Raúl, que me había visto haciendo teatro en San Luis... y a Miguelito.